19 de abril de 2012

Allen Ginsberg - Aullido





He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la
     locura, famélicos, histéricos, desnudos,
arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de
     un colérico picotazo,
pasotas de cabeza de ángel consumiéndose por la primigenia conexión
     celestial con la estrellada dinamo de la maquinaria de la
     noche,
que, encarnación de la pobreza envuelta en harapos, drogados y con
     vacías miradas,  velaban fumando en la sobrenatural
     oscuridad de los pisos de agua fría flotando sobre las
     crestas de la ciudad en contemplación del jazz,
que desnudaron sus cerebros ante el Cielo bajo el El* y vieron
     tambalearse iluminados ángeles mahometanos sobre los
     tejados de las casas de alquiler,
que atravesaron las universidades con radiantes ojos tranquilos,
     alucinando Arkansas y tragedias de luz-Blake entre los
     escolásticos de la guerra,
que fueron expulsados de las academias por dementes & por publicar
     odas obscenas sobre las ventanas de la calavera,
que se acurrucaban amedrentados en ropa interior en habitaciones sin
     afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando el
     sonido del Terror a través de la pared,
que fueron aferrados por sus barbas púbicas al regresar por Laredo
     a Nueva York con un cinturón de marihuana,
que devoraron fuego en hoteluchos o bebieron trementina en Paradise
     Alley, muerte, o hacían sufrir a sus torsos los tormentos
     del purgatorio noche tras noche por medio de sueños,
     drogas, pesadillas de la consciencia, alcohol y verga y
     juergas continuas,
incomparables callejones sin salida de trémula nube y relámpago en
     la mente abalanzándose hacia los polos de Canadá &
     Paterson, iluminando todo el inmóvil mundo del
     intertiempo,
solideces de salones en Peyote, albas de cementerio de árbol verde en
     el patio de detrás, borrachera de vino sobre los tejados,
     barrios de escaparates de locuras automovilísticas en
     marihuana parpadeo de neón luz de tráfico, vibraciones de
     sol y luna y árbol en los rugientes atardeceres de invierno
     en Brooklyn, desvarios de lata de basura y bondadosa
     soberana luz de la mente,
que se encadenaron a los ferrocarriles subterráneos para el intermi-
     nable trayecto entre Battery y el sagrado Bronx colgados
     en benzedrina hasta que el ruido de ruedas y niños les
     hacía caer temblorosos, con la boca como un erial y
     bataneados, yermos mentalmente, despojados de toda
     brillantez bajo la lúgubre luz de zoológico...

Aullido y otros poemas - Colección Visor de poesia
     





A continuación, dejo el enlace donde podemos consultar en PDF su trabajo íntegro de Aullido y otros poemas.

AULLIDO Y OTROS POEMAS





18 de abril de 2012

Poema y voz de Olga Orozco



Entre perro y lobo

Me clausuran en mí.
Me dividen en dos.
Me engendran cada día en la paciencia
y en un negro organismo que ruge como el mar.
Me recortan después con las tijeras de la pesadilla
y caigo en este mundo con media sangre vuelta a cada lado:
una cara labrada desde el fondo por los colmillos de la
     furia a solas,
y otra que se disuelve entre la niebla de las grandes manadas.

No consigo saber quién es el amo aquí.
Cambio bajo mi piel de perro a lobo.
Yo decreto la peste y atravieso con mis flancos en llamas
las planicies del porvenir y del pasado;
yo me tiendo a roer los huesecitos de tantos sueños
     muertos entre celestes pastizales.
Mi reino está en mi sombra y va conmigo dondequiera que vaya,
o se desploma en ruinas con las puertas abiertas a la
     invasión del enemigo.

Cada noche desgarro a dentelladas todo lazo ceñido al corazón,
y cada amanecer me encuentra con mi jaula de obediencia en el lomo.
Si devoro a mi dios uso su rostro debajo de mi máscara,
y sin embargo sólo bebo en el abrevadero de los hombres
un aterciopelado veneno de piedad que raspa en las entrañas.
He labrado el torneo en las dos tramas de la tapicería:
he ganado mi cetro de bestia en la intemperie,
y he otorgado también jirones de mansedumbre por trofeo.
Pero ¿quién vence en mí?
¿Quién defiende de mi bastión solitario en el desierto, la sábana del sueño?
¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras, desde mis propios dientes?




Los juegos peligrosos 
Ed Losada






Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...