27 de junio de 2012

Qué paladar tienes, muñeca - Woody Allen


Qué paladar tienes, muñeca



El cachet de la trufa blanca alcanzó nuevas cotas el pasado domingo, en Londres, con un ejemplar de un kilo doscientos gramos que se vendió en subasta por 110.000 dólares. La adquirió un comprador de Hong Kong no identificado.

The New York Times, 15 de noviembre de 2005.


Como detective privado, estoy dispuesto a recibir un balazo por mis clientes, pero eso tiene un precio: quinientos de los grandes la hora más gastos, que suelen equivaler a todo el Johnnie Walker que pueda echarme entre pecho y espalda. Aun así, cuando una monada como April Sensualle se presenta en mi despacho armada de sus feromonas y solicita mis servicios, el trabajo puede convertirse en pro bono por arte de magia.
  • Necesito su ayuda -ronroneó, y mientras cruzaba las piernas en el sofá, sus medias negras de seda dejaron claro que aquello era una guerra sin cuartel.
  • Soy todo oídos – dije, convencido de que la ironía sexual implícita en la inflexión de mi voz no pasaría inadvertida.
  • Necesito que vaya usted a Sotheby's y puje por algo en mi nombre. Como es lógico, yo corro con los gastos. Pero es importante para mí permanecer en el anonimato.
Por primera vez vi más allá de su pelo rubio, de sus labios como almohadas y de los dirigibles idénticos que tensaban la blusa de seda hasta el límite de su resistencia: la chica estaba asustada.
  • ¿Por qué objeto tengo que pujar? -pregunté-. ¿Y por qué no puede hacerlo por usted misma?
  • Quiero que puje por una trufa -contestó a la vez que encendía un cigarrillo-. Puede llegar hasta diez millones de dólares. Bueno, quizá doce si la cosa se pone reñida.
  • Ajá -asentí, mirándola con la misma expresión que suele traslucirse en mis ojos antes de marcar el número del manicomio-. No está mal para un antojo.
  • No sea vulgar -replicó, claramente ofendida-. Le pagaré el doble de sus honorarios habituales. Pero no salga de Sotheby's sin ella.
  • ¿Y si le dijera que, por la compra de un hongo, cualquier cantidad superior a los cinco millones de dólares resulta un tanto sospechosa? -pregunté con ánimo de provocarla.
  • Es posible..., pero la trufa Bundini se vendió por veinte millones, el precio más alto registrado por un tubérculo en una subasta; aunque, claro, había sido propiedad del Aga Khan y era de un blanco impoluto.





Pura Anarquía
Woody Allen
Colección Andanzas
Tusquets Editores















26 de junio de 2012

Fragmentos del cuaderno de agua


Trece Limón


Las heridas de mar, mal se curan en tierra Me dejé un trozo de dedo en la Roca Perra, una mañana en la que no perdí ninguna quilla de la tabla. son más baratas que los dedos y algo más fáciles
de encontrar. La marea estaba tan baja que todo se lo estaba tragando un sumidero. La baja de lava no  asomaba a la superficie, formaba una verdadera orilla. Era mucho antes de las nueve de la mañana y sólo había lugareños cogiendo lapas, despegándolas con esfuerzo, genuflexados entre las rocas. Al salir me desgarré un trozo de dedo gordo que se quedó allí como aperitivo para algún pez roca. Tardé tres semanas en apoyar del todo el pie los zapatos de laburo lo dejan blando, pálido y había que curarlo cada vez al llegar a casa.

 Los zapatos de laburo no pueden ser cualesquiera. Te dan puntos a lo largo del
año trabajado y luego los canjeas por unos mocasines o unos zapatos de universitario
de cordones. Todo bien de polipiel, bien de plasticazo, y así, con el olor que emerge
de los zapatos transcurrida una semana los de laburo consiguen que no te olvides de quién
sirve a quién. Luego regresaba a la playa a cualquiera y al bañarme el pie entero sentía
alivio. Saliendo del agua y de camino a casase me llenaba de arena, siempre mucho más pegajosa
y fina que la blanca, siempre condensando la cantidad de calor adecuada para quemarte
 las plantas de los pies.

Era difícil que saliera con agua y jabón y tenías que frotar hasta el dolor. Para evita que se infec-
tara, para curar y expirar un poco, cortaba un limón, lo exprimía, dejando caer el zumo por la herida abierta y húmeda y lo respiraba con rabia hasta que me ardía. Los reflejos del dolor recorrían
mi espalda, desembocando en el codo del brazo opuesto.

Stevensson cuando me escucha hablar de estas cosas, me dice -te jodes-. Stevensson tiene un trabajo que odia pero no se atreve a dejar, una novia a la que trata de engañar con coca en
las güisquerías, unas letras que sabe que enterrarle y cuida un gato con en que no se entiende.



 Cincuenta. Las hermanas

¿Es buena suerte salvar la vida?
Lo unico que consigues es posponer, aunque desde
luego es una gran suerte esquivar a las hermanas
Plejia, Hemi, Tetra y Apo




Canalla Ediciones




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