29 de junio de 2012

Patti Smith - Fragmentos del mar de Coral




El muchacho que amaba a Miguel Ángel


Decían que tenía el rostro de un Dios
otros veían un demonio con sandalias de esparto
y un zarcillo de vid enredado en los rizos
venas fluían por sus brazos de mármol que cantaban
esculpiendo montañas como niebla cubriendo
una grieta en el corazón y la áurea honda
creaba de una manera que ni soñamos
cuchilla que raspa el dorso del deseo
músculo expuesto de un amor no cosechado
somos el búfalo una raza moribunda
remolcados en carros huesos augustos
vergüenza un éxtasis que nadie puede poseer
esclavos abrazados mientras clama la sapiencia
volúmenes de nada escritos en piedra



***



Un corazón subastado


La imagen de una muchacha con un sombrero alado de encaje. Una sierva milagrosa
o la hermana Mercurio. Su perfil, sus gestos de antaño huidizos expandiéndose ahora
en completo detalle. Él pidió un té que tardaron mucho en servirle, se recostó y pensó
en la casa de su tío, y en salón bañado de fuerte luz. En el jardín una muchacha
con una sombrilla dándose la vuelta. Se sintió un tanto indispuesto y el té
estaba tibio. Se puso las bolsas húmedas en los parpados cerrados y, al apretar
se sumergió en una serie de fotogramas, una pálida orquídea estrujada por una mano
 aún más pálida, una muchacha sin alhajas que ofrece su cuello desnudo. Deseo,
un liquido, que le corre por la garganta, el pecho que se desliza por sus rodillas
abiertas. Él se quedo en la evanescente sombra, El llanto de la muchacha
le despertó repugnancia mezclada con amor. Un amor que solo Cupido podría abrazar
en la travesura del sueño y que solo M podría abrasar en la crueldad de despertar.





El Mar de coral - Lumen
traducción de Rosa Pérez Pérez







27 de junio de 2012

Qué paladar tienes, muñeca - Woody Allen


Qué paladar tienes, muñeca



El cachet de la trufa blanca alcanzó nuevas cotas el pasado domingo, en Londres, con un ejemplar de un kilo doscientos gramos que se vendió en subasta por 110.000 dólares. La adquirió un comprador de Hong Kong no identificado.

The New York Times, 15 de noviembre de 2005.


Como detective privado, estoy dispuesto a recibir un balazo por mis clientes, pero eso tiene un precio: quinientos de los grandes la hora más gastos, que suelen equivaler a todo el Johnnie Walker que pueda echarme entre pecho y espalda. Aun así, cuando una monada como April Sensualle se presenta en mi despacho armada de sus feromonas y solicita mis servicios, el trabajo puede convertirse en pro bono por arte de magia.
  • Necesito su ayuda -ronroneó, y mientras cruzaba las piernas en el sofá, sus medias negras de seda dejaron claro que aquello era una guerra sin cuartel.
  • Soy todo oídos – dije, convencido de que la ironía sexual implícita en la inflexión de mi voz no pasaría inadvertida.
  • Necesito que vaya usted a Sotheby's y puje por algo en mi nombre. Como es lógico, yo corro con los gastos. Pero es importante para mí permanecer en el anonimato.
Por primera vez vi más allá de su pelo rubio, de sus labios como almohadas y de los dirigibles idénticos que tensaban la blusa de seda hasta el límite de su resistencia: la chica estaba asustada.
  • ¿Por qué objeto tengo que pujar? -pregunté-. ¿Y por qué no puede hacerlo por usted misma?
  • Quiero que puje por una trufa -contestó a la vez que encendía un cigarrillo-. Puede llegar hasta diez millones de dólares. Bueno, quizá doce si la cosa se pone reñida.
  • Ajá -asentí, mirándola con la misma expresión que suele traslucirse en mis ojos antes de marcar el número del manicomio-. No está mal para un antojo.
  • No sea vulgar -replicó, claramente ofendida-. Le pagaré el doble de sus honorarios habituales. Pero no salga de Sotheby's sin ella.
  • ¿Y si le dijera que, por la compra de un hongo, cualquier cantidad superior a los cinco millones de dólares resulta un tanto sospechosa? -pregunté con ánimo de provocarla.
  • Es posible..., pero la trufa Bundini se vendió por veinte millones, el precio más alto registrado por un tubérculo en una subasta; aunque, claro, había sido propiedad del Aga Khan y era de un blanco impoluto.





Pura Anarquía
Woody Allen
Colección Andanzas
Tusquets Editores















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