8 de septiembre de 2012

El Bronco - Milana




El Bronco

 En un lugar muy escondido existe un pueblecito en
 continuo crecimiento. Está repleto de árboles de copas
rosadas y ríos de agua roja.

Es un lugar lleno de algarabía; centenares de hadas pasan días y noches entregadas al buen funcionamiento de este pueblo pero, por mucho que ellas siempre hayan intentado que todo funcione, hubo un tiempo en el que el pueblo pasó por un grave problema: El oxígeno no llegaba a las hojas de los árboles, éstos eran demasiado pequeños y no tenían la fuerza necesaria para obtenerlo de la atmósfera. La consecuencia; todos los seres de este pueblo llamado Aerius, sufrían. Se sentían cansados y tristes. Si no encontraban  pronto una solución a este problema todo, empezando por los árboles y las hadas, todo, moriría.




Una noche de primavera sucedió algo extraño, al principio, los seres de Aerius pensaron que se había levantado viento fuerte pero, poco a poco, se fueron dando cuenta de que lo que ellos oían no era el viento sino un triste y penoso lamento. Uno a uno, fueron saliendo de sus hogares tratando de averiguar qué extraña criatura podía emitir ese sonido que desgarraba el corazón de quien lo escuchaba. Las hadas, propusieron que todos los habitantes del pueblo se dividieran en grupos para ir a explorar el territorio. Así lo hicieron.

Horas después, fueron reuniéndose en la plaza del pueblo, bajo el gran reloj Mitral. Las hadas intuyeron que sucedía algo malo; todos andaban cabizbajos y pensativos. Entonces, preguntaron al grupo que se había dirigido al Norte… ellos no habían encontrado a nadie. Luego, preguntaron a los que fueron al Sur, y al Oeste, y al Este; nadie había visto nada, ningún ser extraño merodeaba por sus tierras pero ese lamento no dejaba de escucharse. Era tan desgarrador que incluso las hadas perdían el aliento. Lo bautizaron con el nombre de Bronco.

Decidieron que lo mejor que podían hacer era regresar a sus hogares y cerrar puertas y ventanas para que lo que fuera que andaba por allí no pudiera hacerles daño.
A partir de ese momento no hubo nadie en el pueblo que pudiera conciliar el sueño y no hubo más tema de conversación que “el Bronco”.

A la mañana siguiente, las hadas fueron las primeras en aventurarse a salir de su refugio. Al fin y al cabo, ellas eran las responsables del pueblo y sus lugareños; con la luz del sol todo se veía de otra forma y cuál no fue su sorpresa al descubrir que el temido Bronco no estaba en ninguno de los puntos cardinales de sus tierras sino en el mismo centro de Aerius. Quien emitía ese horrible sonido no era un ser extraño, ni siquiera una terrible fiera, eran los árboles los que, con sus hojas y troncos emitían ese lamento. Todos los árboles del pueblo agonizaban y Bronco iba haciéndose más fuerte con cada bocanada de aire que intentaban tomar.



   Las hadas se dirigieron corriendo hacia la plaza del pueblo y entre todas hicieron tañer las campanas del gran Mitral lo más fuerte que pudieron. Al acto, todos los habitantes acudieron a su llamada. Entonces empezó la que sería la primera asamblea general de Aerius. Las hadas explicaron a los lugareños lo que habían descubierto y pudieron comprobar lo que decían las hadas; los árboles se estaban muriendo y con ellos, Aerius.

Todos estuvieron de acuerdo en que tenían que tomar decisiones apresuradas pero lo único que se les ocurrió fue intentar utilizar la menor cantidad posible de oxígeno. Solo había una forma de hacer eso; llevar sus cuerpos a un estado de hibernación que, si bien no serviría para ayudar a los árboles a conseguir el oxígeno necesario para vivir, al menos les concedería la benevolencia de una plácida muerte.

 Poco a poco fueron abrazándose entre ellos. Uno a uno se despidió entre besos y lágrimas, se encaminaron hacia sus respectivos hogares y se acostaron. Las hadas empezaron espolvorear polvos de sueño eterno por todos y cada uno de los rincones de Aerius. Al terminar, se dirigieron a los pies del gran Mitral para brindarle homenaje con su último aliento .

Las hadas habían perdido toda esperanza de salvación, cuando aparecieron unos gigantes vestidos de blanco con unos utensilios muy extraños. Venían desde tierras lejanas atraídos por el lamento de los árboles. Las hadas les explicaron lo que sucedía y se sorprendieron al obtener palabras de esperanza y coraje a su llanto.

 Una vez consiguieron calmar a las hadas, los gigantes se pusieron  manos a la obra. En primer lugar, pidieron a las hadas que despertaran a todos los habitantes del pueblo; todas las manos serían necesarias si querían tratar de salvar Aerius. A continuación, idearon un sistema de mangueras y bombas llenas de aire artificial para intentar que el oxígeno empapara el pueblo y poder ayudar a los árboles a captar la mayor cantidad de oxígeno posible.

 Todos colaboraron en este proyecto, desde las hadas que se pasaron días colocando mangueras en los lugares que los gigantes creían oportunos, hasta los campesinos, que se turnaban para bombear toda esa maquinaria para que el aire no dejara de fluir ni un solo segundo.

Lentamente, los árboles fueron empapándose de ese aire medicinal que les devolvió las fuerzas para seguir luchando hasta conseguir hacerse lo suficientemente fuertes para aspirar el oxígeno de la atmósfera por ellos mismos.

 Los habitantes de Aerius jamás olvidarán que viven y respiran gracias a la entrega y dedicación de esos gigantes que entregaron todos sus conocimientos, utensilios y afecto tan solo a cambio de una sonrisa sincera; la de un niño que ha superado con valentía un Broncoespasmo.


Este Relato está entre los 60  finalistas del II Certamen Imprimátur de #Relato_Breve_2.0

6 de septiembre de 2012

Palabras de un monje zen y el silencio

Palabras de un monje Zen


Antaño en algunas regiones de Asia, era costumbre que se limpiaran las patatas,
apenas arrancadas, sumergiéndolas  en un barreño agitando vigorosamente
con un bastón. Las patatas se frotaban así unas con otras y se limpiaban
 mutuamente.
Esta imagen es un símbolo en el contacto con los demás, quitamos la mugre a nuestra
alma y cribamos nuestros defectos. Nada resiste mucho tiempo a la ruda vecindad
de nuestro hermanos. Es cosa bien sabida en los monasterios zen. El orgullo
y su hermana la vanidad, la imprudencia, la necesidad, las manías la mala fe,
 la distracción, la palabrería o la mentira, todo se pule y nuestros vicios
se desprende de nosotros como placas de barro...


El viento de otoño
maltrata y desviste al espantapájaros
y se va

                                   Buson 




*

De espantapájaros en espantapájaros
vuelan apacibles
los gorriones


                             Sazanami








El silencio




En el pequeño monasterio zen perdido en la montaña, cuatro monjes
 han organizado un seshin dedicado al silencio. Hace frío es invierno y
se está haciendo de noche. Los cuatro meditan en la postura zazen:

- La vela se ha apagado - dice de pronto uno de los monjes

¡No puedes hablar! Es un seshin de silencio
- observa severamente un segundo monje.
¿Por qué habláis los dos en vez de callaros tal como habíamos
convenido? - dice el tercer monje.

¡Soy el único monje que no ha hablado! - exclama muy satisfecho,
el cuarto monje.

  
Cojin de zazen 

Coloca tu cojin de Zazen en cualquier parte por ejemplo entre los lavabos
y la cocina siéntate y enseguida entrarás en comunión con todos
los seres de  universo.

                                            (Sentencia Zen)







No habléis mal del cielo azul
al mirarlo
atraves de una paja

                     
                            Yoka Genkaku

















Humor zen - Olañeta Editor
Traducción Esteva Serra
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