23 de julio de 2018

Celia Gourinski - VISIONES y La Entrevista: La poesía es la más honda de las religiones




Fotografía de Alison Scarpulla


VISIONES


No me quites la memoria no me quites la visión de
todos los lugares donde mis tripas donde mis alas
pactaron contigo, ángel oscuro
Ángel ávido y vengador de la noche elegida para
amar con todos los elementos del mundo
No me quites ni un mendrugo de memoria soy tan
ociosa para morir
No me quites la memoria del pequeñísimo instante
en el que parpadean los ojos y es una brecha letal
que espanta a quien se animó a pactar la unión de
tu negrura de ángel enjaulado y el fulgor de los
esponsales de los hermanos
juntos alguna vez en la
Gran Obra

Llegó el momento
Benditas las lluvias que nos anunciaron nuestro beso
tan largo, nuestra estadía en la intemperie, con
plegarias sin destino, amado, las tantas que fui en
el filo de la tierra, ángel oscuro, quién será quién
a quién me entrego

El ángel es un resto de dios y no perdona
El que yo amo olvida el hambre en el momento de la
cena

Y no me quites la memoria, ni la más pequeña
memoria desgarrada, por si reviviera la bellísima
caricia en un ahora, ven aquí, no hay daño si nos
une la carne y el cielo
memoria de carne de cielo





(de Inocencia feroz, Editorial Argonauta, 1999)




Buenos Aires 1938 



“La poesía es la más honda de las religiones”
POR EVT el JUNIO 19, 2009 • ( 0 )
Entrevista a Celia Gourinski

la-poesia-es-la-mas-honda-de-las-religiones


CG (Buenos Aires, 1938) estudió filosofía y música. En 1959, publica su primer libro de poemas, Nervadura del silencio. Le siguieron Regreso de Jonás (1971), Tanaterótica (1978), Acaso la Tierra (1981). Aún permanecen inéditos: En ocasión de la aparición de un cometa, Inocencia feroz* y Cadencia rota. En la siguiente entrevista nos habla de la palabra, sus proyectos y el futuro de la Poesía.

Por Alejo González Prandi, Andrés Haedo y Celedonio Torres Avalos






Aquí, os dejo el enlace utilizado para hacer la entrada de este blog, para que consultéis este y otros poemas de la poeta argentina.

29 de junio de 2018

3 Poemas de Paula Cendrós



Paula Cendrós, 14 anys i ens mostra des de el seu món de llepolies i cràters i riure 
amb els insectes de manera natural, és senzill ho ella ho viu així. Amb el cap als núvols
 i els peus al vent. Aquesta entrada està feta des de l'il.lusio i té el permís 
dels seus pares.


A seguir llegint
i moltes gràcies







***



***





Ed. Rapitbook 
Déjame decirte


29 de mayo de 2018

AMOR QUE LIBERA - Gloria Fuertes







Ya no soy la niña amarga
que tenía un mar de llanto
y alta ortiga por el alma.
Ya no soy la niña enferma
que al oír risas lloraba;
ya salí del solitario
bosque que me acorralaba.
Ahora soy la niña verde,
porque floreció mi calma.
Ya no soy la loca triste,
ya no soy la niña blanca,
nuevo amor ha traspasado
con el nardo de su lanza
mi corazón, que ahora tiene
un nombre de menta y ámbar.
¡Ay cuánta sonrisa noto
que trepa por mis espaldas!
¡Qué brillo tienen mis ojos
-viudos de siete mil lágrimas-!
La vida me sabe a verso
y los besos a manzana.
-El monte arregla sus pinos,
por las rocas el mar baila-.
El amor danza en mi pecho.
¡Ya me quiere! ¡Ya me aguarda!
Ya no soy la loca triste,
que al oír risas gritaba;
ahora soy la niña dulce,
ya no soy mujer amarga.




El libro de Gloria Fuertes
Antología de Poemas 
y Vida - Ed. BLACKIE BOOKS




27 de abril de 2018

3 Poemas de Natalia Litvinova





FLORES DE CHERNÓBIL




SIBERIANA



MÁSCARAS DE CERA






Siguiente vitalidad
ED. La Bella Varsovia / Poesia


28 de marzo de 2018

3 poema de Claudia Lars





Palabras de la nueva mujer
               

Como abeja obstinada
exploro inefables reinos
que desconoces
y al entrar en la memoria de tu corazón
señalo parajes virginales.

¡Aquí la eternidad
modificando nuestro minuto!
No puedo ser abismo:
con la luz se hacen viñedos
y retamas.

Pertenezco a la desnudez
de mi lenguaje
y he quemado silencios y mentiras
sabiendo que transformo
la historia de las madres.

Mujer.
Sólo mujer.
¿Entiendes?
Ni pajarilla del necesario albergue,
ni alimento para deseosos animales,
ni bosque de campánulas donde el cielo se olvida
ni una hechicera con sus pequeños monstruos.

¡Oh poderes del hombre
alzando mutaciones
de frágiles rostros!
¡Oh esplendor oculto en mi santuario
ya bajo la excelencia
de íntimos ángeles! 

¿Logra mi amor decirte
que busco un amante
con frente inmortal?


***

SANGRE

Zumo de angustias, leche milagrosa,
raíz inaccesible, árbol salado.
¡Qué temblor en el túnel anegado!
¡Qué llama y nieve en subterránea rosa!
       
Escala de contactos, misteriosa
razón del sueño, el miedo y el pecado.
Silencio a todo grito encadenado
y tapiada presencia dolorosa.
       
De los muertos nos llegas... ¡muerte andando!
Substancia inevitable, gravitando
en la masa despierta de la vida.
       
Mi cuerpo de mujer te alza en el hombre,
te suelta en la aventura de su nombre
y te derrama por interna herida.

***

A Grabriela Mistral


Una rosa de angustias -mar y viento-
y la estrella que gime en tierra oscura;
una secreta herida de ternura
y el camino interior del pensamiento.

Tu nombre fijo, tu divino intento,
la suelta voz que llega, larga y pura;
este compás de sangre, que asegura
tus cantos recogidos en mi acento.

Dulce don invisible para el día
de la flor y la erguida melodía,
con el pájaro leve y la campana.

Lo diste sin saber, pero se advierte
que te sigue, imantado hasta la muerte,
el paso fiel de tu pequeña hermana.




Nuestro pulsante mundo
Editorial: Ministerio De Educación, San Salvador -1969 -



20 de diciembre de 1889 - El Salvador - 22 de Julio de 1974

26 de febrero de 2018

3 Poemas de Marguerite Yourcenar





El fuego rojo
en el hogar




El pequeño pez
que agoniza
en las fauces de la 
garza





La piel -
toda la superficie
de cuerpo.







Los treinta y tres nombres de Dios
traducción Silvia Baron Supervielle
Reverso ediciones

  

29 de enero de 2018

ANACLARA Daniel Viglietti







ANACLARA

Con un grafo 
ella escribe en las paredes resistir,
bufanda rojinegra por la espalda,
minifalda,
Anaclara.

Borra infancia
aprendiendo en bellas artes a crecer,
con pechos de rosales sin espinas,
agua marina,
Anaclara.

Es de agua
cuando el hijo se enamora de la sed
y si el niño le regala una amapola
llora sola,
Anaclara.

Nunca encuentra
porque busca siempre el modo de no hallar,
aunque sabe que lo nuevo se conquista,
anarquista,
Anaclara.

Si la hieren
de tan tierna tiene miedo de morir
y entonces pone espinas en las rosas,
temerosa,
Anaclara.

De mañana
va tejiendo los telares de la duda,
aún desnuda preguntándole al espejo
un consejo,
Anaclara.

Hospitales
que conocen la dulzura de sus manos,
los dolores con mirarla ya se olvidan,
fisiatría,
Anaclara.

Si el camino
Anaoscura siempre claro quieres ver,
nunca dejes,
Anaclara, tu locura compañera,
tu locura de palomas casi halcones,
tus pasiones,
Anaclara.


24 de julio del 1939 -  30 de octubre 2017 Montevideo Uruguay



Mario Benedetti
Daniel Viglietti
A dos voces - Visor Libros

25 de diciembre de 2017

Así me basta - Ángel González




Vídeo. Poema: Me basta así. Ángel González. Recital poético. Poesía Española Contemporánea. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.


Ángel González
 6 de septiembre de 1925
Oviedo (Asturias)
12 de enero de 2008 (Madrid)



29 de noviembre de 2017

EL HOMBRE DISPERSO / L'HOME ÉPARS - Marguerite Yourcenar




EL HOMBRE DISPERSO

Vegeto en el árbol y ondeo con las plantas
corre, felicidad, con el agua sin vueltas;
mi tristeza se extiende en las lágrimas lentas
y mi soberbia salva las copas esbeltas.

Perdí la savia tibia y la sombra aromada, 
el palomo que tiembla enardece el zurdal;
cautivo y desertor de la selva agitada
me alejo, y me descubro, en un vuelo infernal.

El deseo es oro y el amor orfebre.
Cuando un abrazo ciñe y confunde la fiebre,
los dos cuerpos cantan una sola verdad.

Pero al caer la nieve al fondo con el viento,
cuando la noche oscura hiela la ciudad, 
yo me miro llorando con el mendigo hambriento.






Las caridades de Alcipo
y otros poemas
Traducción Silvia Barón
Visor libros



31 de octubre de 2017

LO NO COTIDIANO - Luci Romero





LO NO COTIDIANO



"Pistolero: ¿Para qué eres juez, si no tienes a nadie a quien juzgar?
Juez Roy Bean: Tengo un cementerio de casos ahí detrás"
(El juez de la horca de John Ford)



A nuestras manos llega una herencia de dolor.

Aceptamos esa transmisión, porque,
de algún modo, ha sido bendecida.
Aceptamos lo que no conocemos, la posesión
la hacemos nuestra, la convertimos
en terreno fértil.

La cosecha crece
mientras en el perfil del paisaje,
en sus ríos y montañas,

aguardas
los restos del genocidio.

Ecos y visiones que también son heredadas.

La tierra, la casa, la mesa, la cama, la ventana, la puerta,

la propiedad
que nunca fue nuestra. El dolor
se transforma en conciencia.
Heredamos e ignoramos, mientras otros
allanan la tierra.





WESTERN - Ed DELIRIO





Este poema que cuelga hoy, en la entrada de este blog, meses antes fue compartido en redes sociales por Uberto Stabile y me parecido oportuno volver a compartir, Muchas gracias Uberto.



25 de septiembre de 2017

Volver a los diecisiete - Violeta Parra




Volver a los diecisiete

después de vivir un siglo
es como descifrar signos
sin ser sabio competente
volver a ser de repente
tan frágil como un segundo
volver a sentir profundo
como un niño frente a Dios...
Eso es lo que siento yo
en este instante fecundo.

Se va enredando, enredando
como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando
como el musguito en la piedra.

Como el musguito en la piedra
ay sí, sí, sí.

Mi paso retrocedido
cuando el de ustedes avanza
el arco de las alianzas
ha penetrado en mi nido
con todo su colorido
se ha paseado por mis venas
y hasta las duras cadenas
con que nos ata el destino...
Es como un diamante fino
que alumbra mi alma serena.

Se va enredando, enredando
como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando
como el musguito en la piedra.

Como el musguito en la piedra
ay sí, sí, sí.

Lo que puede el sentimiento
no lo ha podido él saber
ni el más claro proceder
ni el más ancho pensamiento
todo lo cambia el momento
cual mago condescendiente
nos aleja dulcemente
de rencores y violencia...
Solo el amor con su ciencia
nos vuelve tan inocentes.

Se va enredando, enredando
como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando
como el musguito en la piedra.

Como el musguito en la piedra
ay sí, sí, sí.

El amor es torbellino
de pureza original
hasta el feroz animal
susurra su dulce trino
detiene a los peregrinos
libera a los prisioneros
el amor con sus esmeros
al viejo lo vuelve niño...
Y al malo solo el cariño
lo vuelve puro y sincero.

Se va enredando, enredando
como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando
como el musguito en la piedra.

Como el musguito en la piedra
ay sí, sí, sí.

De par en par la ventana
se abrio como por encanto
entro el amor con su manto
como una tibia mañana
al son de su bella diana
hizo brotar el jazmín
volando cual serafín
al cielo le puso aretes...
Y mis años en diecisiete
los convirtio el querubín


Las últimas composiciones 
fecha noviembre de 1966

y un año después la cantautora se quitaría la vida  



Y hoy la cantante Rozalén homenajea a la autora chilena
en su último CD  Cuando el río suena septiembre 2017


28 de agosto de 2017

Tres poemas de Gloria Fuertes





Para escribir

para escribir me escondo,
como una mujer primitiva se escondía
para parir.
Como un animal herido se esconde
para lamerse a gusto la sangre,
así nadie sabe de mí
cuando me pierdo para escribiros esto.


***


Oftalmólogo


Veía borroso el poema.

El médico de ojos
me mandó una medicina “lágrimas artificiales”.
el médico me dijo: “Que tengo que llorar más”.

Dos gotas por la noche
y dos gotas al despertar
Yo le dije:
– Doctor, por la mañana
al leer el periódico lloro
y por la noche
si no está mi amor conmigo
a chorros lloro.

El oftalmólogo insistió en las gotas
y en que tengo que llorar más.


***


Me casé por poderes


Me casé por poderes,
yo en Madrid,
él en Amberes.
No asistí a mi boda.

Triunfé con mi poesía,
no asistí al triunfo.

Si tengo algo mejor que hacer
no asistiré a mi entierro.




Mujer de verso en pecho
Ed. Cátedra

14 de julio de 2017

La foto que quiero / The picture I want - Sharon Olds






















El Padre - Bartleby editores
Ttaducción Mori Ponsowy


17 de junio de 2017

3 poemes d' Antònia Vicens






Diable creu en la transmutació de la seva agonia  diu cavalls
saltaran des
dels terrats  carrers s'ompliran de fel
llunes blaves  també
 amarga serà la nit
de la meva
mort
i

es prepara per
morir bevent- se
les metzines
que fa anys li don
humils flors de l'amor


***


A la teulada d'enfront  un gavinot
les ales baixes em mira amb ulls
mig closos i un moix
clapat arquetja l'espinada
al temps que
llença un miol  com de cridar
a sopar als que acaben de morir.



***


Trets em fereixen el front  rajolins de sang
em tapen la vista
alguns curiosos m'aconsellen que vagi
al servei d'urgències  no sé
com els he d'explicar
que no som
jo
qui s'està
dessagnant.





tots els cavalls - LaBreu edicions








15 de mayo de 2017

El Hombre que Corría tras el Viento Ismael Serrano recita Escribiendo el currículum - Wislawa Szymborska

















(Traducción de Ana María Moix y
 Jerzy Wojciech Stawomirski. Poesía (Editorial Lumen) 



En este libro encontraréis una versión  algo distinta a la que recita 
el cantautor madrileño




Fragmento de la película "El Hombre que Corría tras el Viento", en la que el cantautor Ismael Serrano pone voz y su ritmo particular al poema de la poeta y escritora polaca Wislawa Szymborska.







30 de abril de 2017

3 Poemes de Sampere






Fins aqui

Fins aqui he parlat jo,
més amunt ho faràn els transportistes.

Qui seran?, els jutges?, els somnàmbuls?,
el rajolí de l'aigüera?

Només un so. El so del budell buit,
el comiat mínim de les febres i ventades.

Per tant, sempre el fidel
substi, el qui es diria
ningú. Llavors m'ajeia

al llit de la mare absent: ella encara
no havia vingut, després vindria
i em duria a escola.








El Jardí nocturn





Tots Aquests remots 

Tots Aquests remots 
cossos estel.lars
que ens aclaparen
són vells germans de llet:
no hi ha racó de món
on no ens hagi besat una mare.

Ara no pot ser, però la distància
ens acosta, ens parla
de quan erem feliços en aquella trista
casa abandonada.

i dic, com pot existir
res impossible?, com s'entén un somni
sense realitat?, com una metida
lluny de l'escalf d'un bes traïdor?,
i com l'amor químic si no crema?,
i cern, el foc, si hem despertat de l'aigua?




Dorm / Els espais ocupats
Associació cultural de poesia pont de petroli

22 de marzo de 2017

5 Poemas de Blanca Andreu





Amor de los incendios y de la perfección...


Amor de los incendios y de la perfección, amor entre
                                                                           la gracia y el crimen,
como medio cristal y media viña blanca,
como vena furtiva de paloma:
sangre de ciervo antiguo que perfume
las cerraduras de la muerte.


***



Duermo, espíritu del pupitre,
alma de la avispa párvula,
pómulo de la niña rusa que intrépida habitaba entre pingüinos vivos y animales de luto,
que irónica bebía arañas boreales
en la cuartilla lirio de la estepa.

Duermo, así, la acuárea infancia, así el perfil niño y los brocales,
mármol nocturno de los pozos,
así el cierzo infantil.

Pero duermo también las brechas en la frente,
duermo el ahoga y el liquen malo,
duermo la sábana de arsénico que envenena las camas de los colegios feos,
que es tóxica a los peces que volaban
en los mares de almohada.

Duermo en la misma sábana de arsénico,
la misma tela de hilo de cicuta
bordada con la trenza de una agujita antigua,
la misma tela que impidió los sueños
del alto incienso blanco,

la eternidad de tiza.



"De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall"1980






Sangro de veras sangro luz que se escapa y es en mí donde las
cabalgaduras se reúnen para arrancar con orlados cascos ancas
de piedra atesorada la asesina vegetación del tomillo y las llamas
de mayo. También arrastro mi sueño como un vestido manchado
sucio y celeste originado por el ángel que divulga la sangre la sed
arrastro mi sueño emerjo bajo un mediodía inmoderado arrastrando
y dejando ángulos letras que penden de los cielos de la sangre la sed.

"Báculo de Babel" 1982




En cuanto a ti, noche no te conozco.
Desde tu privilegio interminable pesas sobre mí como un
sueño o juicio,
pero la luna vela en el silencio
como un pálido fuego sin ley

Capitán Elphistone (1988)




Epilogo  Sueño oscuro



Entre tú y yo no hay ningún no.

"El sueño oscuro" 1994





El sueño oscuro - Ediciones Hiperión





17 de febrero de 2017

Julio Cortázar - Tala





Llévese estos ojos, piedritas de colores,
esta nariz de tótem, estos labios que saben
todas la tablas de multiplicar y las poesías más selectas.
Le doy la cara entera, con la lengua y el pelo,
me quito las uñas y dientes y le completo el peso.

No sirve
esa manera de sentir. Qué ojos ni qué dedos.
Ni esa comida recalentada, la memoria,
ni la atención, como una cotorrita perniciosa.
Tome las inducciones y las perchas
donde cuelgan las palabras lavadas y planchadas.
Arree con la casa, fuera de todo,
déjeme como un hueco, o una estaca.

Tal vez entonces, cuando no me valga
la generosidad de Dios, eso boy.scout,
y esté igual que la alfombra que ha aguantado
su lenta lluvia de zapatos ochenta años
y es urdimbre nomás, claro esqueleto donde
se borraron los ricos pavorreales de plata,

puede ser que sin vos diga tu nombre cierto
puede ocurrir que alcance sin manos tu cintura.


Pinchar aquí para ver este poema y otros del autor


http://aromitorevista.blogspot.com.es




Salvo el crepúsculo - Alfaguara



11 de febrero de 2017

Cabezas contra el asfalto - Samanta Schweblin





Si golpeás mucho la cabeza de alguien contra el asfalto -aunque sea para hacerlo entrar en razón-, es probable que termines lastimándolo. Esto es algo que mi madre me explicó desde el principio, el día que golpeé la cabeza de Fredo contra el piso del patio del colegio. Yo no era violento, quiero aclarar esto. Sólo hablaba si era estrictamente necesario, no tenía amigos ni enemigos, y lo único que hacía en los recreos era esperar solo en el aula, alejado del ruido del patio, hasta que la clase volviera a empezar. Esperaba dibujando. Eso apuraba el tiempo y me apartaba del mundo. Dibujaba cajas cerradas y peces con forma de rompecabezas que encajaban entre sí. Fredo era el capitán del equipo de fútbol y hacía con los demás lo que quería. Como esa vez que a Cecilia se le había muerto el tío y le hizo creer que había sido él. Eso no está bien, pero yo no me meto en problemas ajenos. Un día, durante un recreo, Fredo entró en el aula, me sacó el dibujo en el que estaba trabajando y se fue corriendo. Lo corrí hasta el patio. El dibujo eran dos peces rompecabezas, cada uno con una caja, y ambas cajas dentro de otra caja. Saqué eso de cajas dentro de cajas de un pintor que le gustaba a mamá, y todas las maestras estaban encantadas y decían que era un recurso muy poético. En el patio Fredo cortaba el dibujo por la mitad, y las mitades en mitades y así, mientras su grupo lo rodeaba y se reía. Cuando ya no pudo cortar pedazos más chicos tiró todo por el aire. Lo primero que sentí fue tristeza. No es un decir,, siempre pienso en cómo siento las cosas en el momento en que me pasan, y quizá sea eso lo que me haga más lento, o más distraído que el resto. Después mi cuerpo se endureció, cerré los puños y sentí cómo la temperatura subía. Me tiré sobre Fredo al piso, lo agarré de los pelos y empecé a darle la cabeza contra el suelo. La maestra gritó y un profesor vino a separarnos. Pero no pasó gran cosa después de eso. Mi mamá me dijo esa tarde que podría haberle hecho mucho daño a Fredo y eso fue todo.

En el secundario volví a hacerlo. Yo seguía dibujando, y nadie tocaba mis dibujos porque sabían que yo creía en el bien y el mal, y me molestaba todo lo relacionado con lo segundo. Al fin y al cabo, la pelea con Fredo me había dado en el grupo un aire de respeto, y ya no se metían conmigo. Pero ese año un chico nuevo que se creía muy vivo se enteró de que Cecilia se había indispuesto por primera vez el día anterior. Y aprovechando que yo ya no siempre me quedaba en el aula, le llenó la cartuchera de témpera roja. Cuando Cecilia buscó un lápiz se le mancharon los dedos y la ropa. Y el chico, parado sobre su banco, empezó a gritar que Cecilia ya era una puta, que Cecilia era una puta como todas. Ella no me gustaba, pero al chico le di la cabeza contra el piso hasta que le empezó a sangrar. El profesor tuvo que pedir ayuda para separarnos. Mientras nos sostenían para que no volviéramos a agarrarnos le pregunté si ahora el cerebro no le drenaba mejor. Me pareció una frase genial, pero nadie se rió. Me llenaron el boletín de amonestaciones y me suspendieron por dos días. Mamá también estaba enojada conmigo, pero la oí decir por teléfono que su hijo no estaba acostumbrado a la intolerancia, y que todo lo que yo había querido hacer era proteger a esa pobre chica.

Desde entonces Cecilia hacía todo lo posible por ser mi amiga. Me fastidiaba terriblemente. Se sentaba lo más cerca que podía, y se daba vuelta a cada rato para mirarme. A veces sonreía o me saludaba con la mano. Me escribía cartas sobre la amistad y el amor y las escondía entre mis cosas. Yo seguía dibujando. Mi mamá me había anotado en el taller de dibujo y pintura del colegio, que era todos los viernes. La profesora nos mandaba comprar hojas A3, casi el cuádruple de grandes que las que yo usaba. También témperas y pinceladas. La profesora mostraba a la clase mis trabajos para explicar por qué yo era genial, cómo lo lograba, y qué es lo que quería comunicar con cada pincelada. En el taller aprendí a hacer todas las extremidades de rompecabezas en 3D, a pintar fondos esfuminados que, contra el realismo de un horizonte, dan idea de abstracción, y a pasarle spray a los mejores trabajos para que se conservaran bien y no perdieran la intensidad de los colores.

Lo más importante para mí era pintar. Había otras cosas que me gustaban, como mirar televisión, no hacer nada y dormir. Pero pintar era lo mejor. En tercer año se organizó un concurso de pintura para exponer en el hall. El jurado eran la profesora de dibujo, la directora y su secretaria. Las tres eligieron por unanimidad mi obra más representativa y colgaron el cuadro en el hall de entrada del colegio. Entonces Cecilia empezó a decir que yo estaba enamorado de ella, desde siempre. Que ella era el pez rojo y yo el azul. Que las fichas de rompecabezas de un pez encastraban en el otro porque éramos así, el uno para el otro. Durante un recreo descubrí que en el cuadro, colgado en el hall, alguien había escrito nuestros nombres sobre cada pez. Volví al aula y encontré en el pizarrón un corazón gigante atravesado por una flecha con nuestros dos nombres. Era la misma letra que la del cuadro. Nadie se animó a reírse, pero todos lo habían visto y se miraban entre sí. Cecilia me sonrió, colorada, y siguió dibujando algún otro estúpido corazón en su cuaderno. Sentí que tenía ganas de golpearla, lo sentí otra vez, como cuando pasó lo de Fredo y lo del chico de segundo. Me di cuenta de que antes de la furia podía ver la imagen de la cabeza golpeándose el cuero cabelludo estrellarse una y otra vez contra las irregularidades del piso, la cabeza perforada, la sangre espesando los pelos. Sentí mi cuerpo abalanzarse sobre ella, y un segundo después, contenerse. Fue como una iluminación, y entonces supe exactamente qué hacer. Corrí hasta el taller de dibujo y pintura que estaba en el segundo piso, algunos chicos me siguieron -Cecilia entre ellos-, abrí la puerta, saqué de los armarios las hojas y las témperas, y lo dibujé. Un primerísimo primer plano. Apenas el ojo espantado de Cecilia, su frente con granos transpirados, el piso áspero debajo, los dedos fuertes de mi mano enredados en sus pelos, y después, puro, el rojo, manchándolo todo.

Si me preguntan qué aprendí en el colegio, sólo puedo responder que a pintar. Todo lo demás, vino como se fue, no queda nada. Tampoco estudié después del secundario. Pinto cuadros de cabezas golpeando contra el piso, y la gente me paga fortunas. Vivo en un loft en el micro centro. Arriba tengo el cuarto y el baño, abajo la cocina y todo el resto es estudio. Algunos ricos me piden retratos de sus propias cabezas. Les gustan los lienzos gigantes y cuadrados, los hago de hasta dos metros por dos metros. Me pagan lo que pida. Veo después los cuadros colgados en sus livings enormes y me impresiona lo buenos que son. Creo que esos tipos se merecen verse a sí mismos estampados contra el piso por mi mano, y ellos parecen muy conformes cuando se paran frente a los cuadros y asisten en silencio.

No me gusta tener novias. Salí con algunas chicas pero nunca funcionó. Tarde o temprano empiezan a reclamarme más tiempo o a pedirme que diga cosas que en realidad no siento. Una vez probé decir lo que sentía y fue peor. Otra vez, una con la que había salido como seis veces y ya decía que era mi novia, se volvió completamente loca sin que yo dijera nada. Decidió que yo no la amaba, que nunca iba a amarla, me obligó a agarrarla de los pelos y empezó a darse sola la cabeza contra la pared, mientras gritaba como una fiera en celo quiero que me mates, quiero que me mates. Pienso que relaciones así no son sanas. Mi representante, que es el tipo que se encarga de poner mis cuadros en las galerías y decidir qué precio tiene cada cosa que hago, dice que el tema de las mujeres no me conviene. Dice que la energía masculina es superior, porque no se dispersa y es monotemática. Monotemática es que sólo piensa en una cosa, pero nunca dice en cuál. Dice que las mujeres son buenas al principio, cuando están bien buenas, y buenas al final, que vio morir a su padre en brazos de su madre, y quiere morirse de la misma manera. Pero todo lo que está en el medio es un infierno. Dice que ahora tengo que concentrarme en lo que yo sé hacer. Es calvo y gordo, y no importa lo que pase, siempre está aspirando con la nariz. Se llama Aníbal y antes fue pintor, pero nunca quiere hablar de eso. Como vivo encerrado, y él mismo persuade a mi mamá de que no me moleste, suele pasar al mediodía a dejarme comida y darle un vistazo a lo que estoy trabajando. Se para frente a los cuadros, con los pulgares colgando de los bolsillos delanteros de los jeans, y dice siempre las mismas cosas: más rojo, necesita más rojo. O: más grande tengo que verlo desde la otra esquina. Y casi siempre, antes de irse: Sos un genio. Un-ge-nio. Esa es una de las cosas que repite dos veces. Cuando no me siento bien, porque estoy triste o cansado, me miro en el espejo del baño, cuelgo los pulgares de mis jeans y me digo: sos un genio, un-ge-nio. A veces funciona.

Siempre tuve un terrible agujero entre las dos últimas muelas derechas, en el maxilar superior, y hace un tiempo empezó a metérseme ahí cualquier cosa que comiera. Me agarré una caries insoportable. Aníbal dijo que no podía ir a cualquier dentista, porque después de las mujeres, los dentistas eran lo peor. Trajo una tarjeta y dijo: es coreano, pero es bueno. Me pidió una cita para esa misma tarde. John Sohn parecía joven, pensé que podría tener mi edad, aunque calcularle la edad a los coreanos es algo difícil. Me puso algo de anestesia, perforó dos dientes y tapó con pasta lo agujeros que había hecho. Todo con una sonrisa y sin hacerme doler en ningún momento. Me cayó bien, así que le conté que pintaba cabezas contra el asfalto. John Sohn hizo un momento de silencio, que resultó ser como un momento de iluminación y dijo es justo lo que estoy buscando. Me invitó a cenar a uno de esos restaurantes coreanos de verdad. Quiero decir, no de los turísticos, sino de esos en los que se entra por una pequeña puerta en la que aparentemente no hay nada, y dentro hay un tremendo mundo coreano. Mesas grandes y redondas, aunque sólo se sienten dos personas, el menú en coreano, todos los mozos coreanos y todos los clientes coreanos. John Sohn eligió para mí un plato tradicional y le dio al mozo instrucciones precisas acerca de cómo prepararlo. John Sohn necesitaba a alguien que pintara un cuadro gigante en su sala de espera. Dijo que lo importante era el diente, y me pareció un propuesta interesante. Quería hacer un trato: yo pintaba el cuadro y él me arreglaba todos los dientes. Me explicó por qué quería el cuadro, cómo repercutiría eso sobre los clientes y el valor publicitario en su cultura. Le encantaba hablar, hablaba todo el tiempo, y a mí me encantaba escucharlo. Cuando terminamos de comer, John Sohn me presentó a unos coreanos de la mesa de al lado y tomamos el café con ellos. No pude entender nada de lo que se conversó, pero ese rato de descanso me ayudó a darme cuenta de que yo era muy feliz, porque era amigo de mi dentista, y tener amigos está muy bien.

Trabajé sobre el cuadro de John muchos días, hasta que una mañana desperté en el sillón del estudio, miré la tela y sentí un profundo agradecimiento. Su amistad me había dado mi mejor cuadro. Lo llamé al consultorio y John se puso muy feliz, lo sé porque cuando algo lo entusiasmaba hablaba muy rápido, y a veces en coreano. Dijo que vendría a almorzar. Era la primera vez que mi amigo venía a visitarme. Ordené un poco los cuadros, cuidando de dejar a la vista los mejores. Subí al cuarto la ropa tirada y llevé a la cocina los vasos y los platos sucios. Saqué comida de la heladera y la preparé en una bandeja. Cuando John llegó, miró hacia todos lados, buscando el cuadro, pero todavía no era el momento, y él lo respetó porque los coreanos saben mucho del respeto, o al menos eso es lo que él siempre decía. Nos sentamos a almorzar. Le pregunté si quería sal, si prefería algo caliente, si le servía más gaseosa. Pero todo estaba bien para él. Pensé que podría venir alguna noche para ver películas o charlar de cualquier cosa, podíamos sacar una foto para poner en algún sitio, como hace la gente con sus familiares. Pero no dije nada todavía. John comía y hablaba. Lo hacía todo a la vez, y a mí no me molestaba porque eso es tener intimidad, es cosa de amigos. No sé cómo empezó ese tema, pero hablaba de los niños coreanos y la educación en su país. Los niños entran a la escuela a las seis de la mañana y salen a las doce del día siguiente, es decir que pasan casi un día y medio en la escuela y sólo les quedan libres cinco horas, que utilizan para regresar a sus casas, dormir un poco, y volver. Dijo que cosas como esas son las que diferencian a los coreanos del resto del mundo, las que los distingue de los demás. No me gustó, pero a uno no puede gustarle todo de un amigo, pienso yo. Y pienso que así y todo, a pesar de su comentario, estábamos bien. Le devolví la sonrisa. Quiero que veas el cuadro, le dije. Caminamos hasta el centro de la sala. Dio unos pasos hacia atrás, calculando la distancia necesaria y cuando sentí que era el momento quité la sábana que cubría el cuadro. John tenía manos finas y pequeñas, como de mujer, y siempre estaba moviéndolas para explicar lo que pensaba. Pero sus manos quedaron quietas, colgando de los brazos como muertas. Le pregunté qué pasaba. Dijo que el cuadro tenía que tratarse del diente. Que lo que quería era un cuadro gigante para su sala de espera, el cuadro de un diente. Repitió eso muchas veces. Miramos juntos el cuadro: la cara de un coreano estrellándose contra los azulejos negros y blancos de una sala de espera muy parecida a la de John. No está mi mano estrellando la cabeza, sino que cae sola, y lo primero que da contra el esmalte de los azulejos, lo que recibe todo el peso de la caída, es uno de los dientes del coreano, con una rajadura vertical que, un instante después, terminará por abrirlo al medio. No pude entender qué era lo que no funcionaba para John, el cuadro era perfecto. Y me di cuenta de que yo no estaba dispuesto a cambiar nada. Entonces John dijo que eso era lo que pasaba al fin y al cabo, y empezó otra vez con el tema de la educación coreana. Dijo que los argentinos éramos vagos. Que no nos gustaba trabajar y así estaba nuestro país. Que eso nunca cambiaría, porque éramos como éramos, y se fue.

Me molestó mucho todo lo que dijo John. Porque argentinos son también mi mamá y Aníbal, y ellos trabajan muchísimo, y me molesta la gente que habla sin saber. Pero John era mi amigo. Y yo aprendí a contener mi furia, y me sentí muy orgulloso de eso. Al día siguiente le escribí un mail explicándole que yo podría cambiar lo que fuera que él quisiera del cuadro. Le aclaré que no estaba muy de acuerdo “estéticamente”, pero entendía que quizá él necesitaba algo más publicitario. Esperé un par de días, pero John no contestó. Entonces volví a escribirle, pensé que quizá estaba ofendido por algo, y le expliqué que si era así yo necesitaba saber exactamente por qué, porque si no, no podía disculparme. Pero John tampoco contestó ese mail. Mamá llamó a Aníbal y le explicó que todo esto pasaba porque yo era muy sensible, y todavía no estaba preparado para el fracaso. Pero esto no tenía nada que ver con eso. El séptimo día sin noticias decidí llamar a John al consultorio. Me atendió su secretaria. Buenos días, señor; no, señor, el doctor no se encuentra; no señor, el doctor no puede responder su llamado. Pregunté por qué, qué estaba pasando, por qué John me hacía eso, por qué John no quería verme. La secretaria se quedó unos segundos en silencio y después dijo el doctor se tomó algunos días, señor, y me cortó. Ese fin de semana pinté seis cuadros más de cabezas de coreanos partiéndose contra el asfalto. Aníbal estaba muy entusiasmado con los trabajos, pero yo hervía de bronca y de a ratos también seguía muy triste. Llamé unos días más tarde. Atendió una voz de mujer, en un idioma inentendible que seguramente sería coreano. Dije que quería hablar con John, repetí el nombre de John algunas veces. La mujer dijo algo que no entendí, algo corto y rápido. Lo volvió a repetir. Después atendió un hombre, algún otro coreano que tampoco era John y también dijo cosas que no entendí.

Así que decidí algo, algo importante. Envolví el cuadro con la sábana, salí a la calle arrastrándolo como pude, esperé una eternidad hasta dar con uno de esos taxis de aeropuerto con mucho espacio detrás, para el cuadro, y le di al taxista la dirección de John. John vivía en un mundo coreano a cincuenta cuadras de mi barrio, lleno de carteles en coreano y de coreanos. El taxista me preguntó si estaba seguro de la dirección, si quería que me esperara en la puerta. Le dije que no hacía falta, le pagué y me ayudó a bajar el cuadro. La casa de John era antigua y grande. Apoyé el cuadro en las rejas de entrada, toqué el timbre, esperé. Hay muchas cosas que me ponen nervioso. No entender algo es una de las peores, la otra es esperar. Pero esperé. Pienso que esas son las cosas que uno hace por los amigos. Había hablado con mamá unos días antes y ella había dicho que mi amistad con John tenía, además, brechas culturales, y que eso hacía todo más complicado. Le dije que las brechas culturales eran algo contra lo que John y yo podíamos luchar. Sólo necesitaba explicárselo, saber por qué estaba tan enojado, aunque de todas formas pensé mucho en eso de las brechas culturales y las agregué a la lista de las cosas que me ponen nervioso.

La cortina del living se movió. Alguien espió un momento por detrás. La voz femenina del teléfono dijo hola en el portero. Dije soy yo, el del teléfono, dije que quería ver a John. John no, dijo la mujer, no. Dijo otras cosas en coreano, el aparato hizo algunos ruidos y todo quedó en silencio. Volví a tocar. A esperar. A tocar. Escuché los pasadores de la puerta y un coreano mayor que John se asomó, me miró, y dijo John, no. Lo dijo enojado, frunciendo el ceño, pero sin mirarme a los ojos, y volvió a encerrarse en la casa. Me di cuenta que no me sentí bien. Que algo estaba mal en mí, como en los viejos tiempos. Volví a tocar el timbre. Grité John una vez, otra. Un coreano que pasaba por la vereda de enfrente se paró a mirar. Volví a gritar al portero. Yo sólo quería hablar con John. Grité su nombre otra vez. Porque John era mi amigo. Porque las brechas no tenía nada que ver con nosotros. Porque nosotros éramos dos, John y yo, y eso es tener un amigo. El timbre otra vez, interminable. El metal se clavaba en mi dedo, muy adentro de tanto apretar. El coreano de enfrente dijo algo en su idioma. No sé qué, como si quisiera explicarme alguna cosa. Y yo otra vez John, John muy fuerte, como si algo terrible estuviera pasándole. El coreano se acercó, hizo un gesto con la mano, para que me calmara. Solté el timbre para cambiar de dedo y seguí gritando. Se oyó una persiana caer en otra casa. Sentí que me faltaba el aire. Que me falta algo. Entonces, el coreano me tocó el hombro. Su pulgar en mi camisa. Y fue un dolor enorme: la brecha cultural. Mi cuerpo empezó a hervir, sentí que perdía el control, que ya no entendía las cosas, como otras tantas veces, pero que esa vez de nada serviría mirar con atención un rato. Me di vuelta bruscamente y golpeé el cuadro que cayó boca abajo sobre la vereda. Agarré al coreano de los pelos. Un coreano pequeño, flaco y metido. Un coreano de mierda que se había levantado a las cinco de la mañana durante quince años para afianzar la brecha dieciocho horas por día. Lo sostuve de los pelos tan fuerte que me clavé las uñas en la palma de la mano. Y esa fue la tercera vez que estrellé la cabeza de alguien contra el asfalto.

Cuando me preguntan si abrirle la cabeza al coreano sobre el reverso de mi tela esconde una intención estética miro hacia arriba y hago como que pienso. Eso es algo que aprendí de ver a otros artistas que hablan en televisión. No es que no entienda bien la pregunta, es que realmente ya no me interesa nada. Tengo problemas legales, porque no sé diferenciar a los coreanos de los japoneses, ni de los chinos, y cada vez que veo uno así lo agarro de los pelos y empiezo a darle la cabeza contra el asfalto. Aníbal consiguió un buen abogado, que alega insania, que es que estás loco y eso es mucho mejor ante la ley. La gente dice que soy un racista, un hombre descomunalmente malo, pero mis cuadros se venden por millones y yo empiezo a pensar en eso que siempre decía mi mamá, eso de que el mundo lo que tiene es una gran crisis de amor, y de que, al fin y al cabo, no son buenos tiempos para la gente muy sensible.



Pájaros en la boca - Lumen


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