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5 de diciembre de 2013

Entre las doce y la Una - Quim Monzó






-¿Dígame?
-Hola. (Es una voz de mujer.) Soy yo.
(El hombre endereza el espinazo. Aplasta el cigarrillo
contra el cenicero que hay al lado del teléfono. Habla en
voz baja.)
-Te he dicho mil veces que no me llames nunca a casa.
-Es que...
-Te he dicho que me llames siempre al despacho.
-¿Puedes hablar?
-Claro que no. Ya te imaginarás.
-¿Dónde está... ella?
-En el dormitorio.
-¿Nos.... te oye?
-No. Pero puede entrar en cualquier momento.
-Perdóname. Lo siento. Pero es que necesitaba llamarte ahora.
No podía esperar hasta mañana, en el trabajo.
(Hay una pausa. Es el hombre quien la rompe.)
-¿Por qué?
-Porque esta situación me hace sufrir mucho.
-¿Qué situación?
-La nuestra. ¿Cuál va a ser?
-Pero... A ver si nos entendemos...
-¡No! No. No digas nada. No hace falta. Podría oírte.
-Ahora no me oye. Escucha...
-Creo que ha llegado el momento de tomar una decisión.
-¿Qué decisión?
-¿No te la imaginas?
-No tengo ganas de jugar a las adivinanzas, María.
-Tengo que elegir. Entre tú y él.
-¿Y?
-Y como tú no me puedes dar todo lo que quiero... No nos
engañemos: para ti yo nunca seré nada más que... No quieres
dejarla ¿verdad? No sé ni por qué te lo pregunto. Ya conozco la
respuesta.
-¿Qué es todo ese ruido?
-Te llamo desde una cabina.
-Hemos hablado de esto mil veces. Siempre he sido sincero
contigo. Nunca te he escondido cómo estaban las cosas. Tú y yo
nos caemos bien, ¿no? Pues...
-Pero yo estoy muy colgada de ti. Tú ya sé que no lo estás nada
de mí.
-Siempre te he dicho que no quiero hacerte ningún daño. Nunca
te he prometido nada. ¿Alguna vez te he prometido algo?
-No.
-Tienes que ser tú quien decida qué debemos hacer.
-Sí.
-¿Te he dicho o no te he dicho siempre que tienes que ser tú
quien decida qué debemos hacer?
-Sí. Por eso te llamo. Porque ya he tomado una decisión.
-Siempre he jugado limpio contigo. (Se detiene.). ¿Qué decisión
has tomado?
-He decidido... dejar de verte.
(La mujer lo dice y se echa a llorar. Llora durante un
buen rato. Poco a poco los sollozos disminuyen. El hombre
aprovecha para hablar.)
-Lo siento. Pero si realmente eso es lo que...
-¿Pero no entiendes que no quiero dejaaar de veerteee?
(Cuando el hombre deja de oír el llanto, habla.)
-María...
-No. (Se suena.). Prefiero que no digas nada.
(De golpe el hombre sube el tono de voz.)
-Hombre, yo más bien elegiría un coche que te asegurase mejor
rendimiento.
-¿Qué?
-Sobre todo si tienes que hacer tantos kilómetros. (Se para un
momento.) Sí. (Hace otra pausa.) Sí, ya lo entiendo. Yo, claro,
en eso no sé qué aconsejarte. Pero me parece que lo que te
convendría sería un coche con mucha más..., con mucha más...
Sí, de acuerdo. Pero consume demasiado.
-¿No puedes hablar?
-No, claro.
-¿La tienes cerca?
-Sí.
-¿Enfrente?
-Sí. Pero ese modelo no tiene tanta diferencia de precio con los
japoneses. Y los japoneses...
-Tú con tu mujer enfrente y yo aquí, sentada sin saber qué hacer.
(Cada vez más indignada.) Sin decidirme de una vez y acabar
con esta desazón.
-Lo ideal son cuatro puertas. Para vosotros, cuatro puertas.
-¿Ves como no hay otra solución? Así no podemos seguir. No
podemos tener ni una conversación civilizada.
-Pero ése gasta unos seis litros y medio.
-Tú hablando de coches, de litros de gasolina, de si cuatro
puertas, y yo sin decidirme siquiera a colgar.
-Un momento.
(El hombre ha tapado el auricular con la mano. La mujer
oye un diálogo amortiguado.)
Dice que .. (Vuelve a tapar el auricular con la mano. Vuelve
a retirar la mano.) Dile a Luisa que dice Ana que el pastel le
quedó perfecto.
-¿Con quién cree que hablas?
-En fin, ya nos veremos.
-¿Quieres que cuelge o...? Pero antes de colgar dime si mañana
nos veremos.
-Sí.
-No tengo remedio. Llamo para decirte que hemos terminado y
acabo preguntándote si mañana... ¿Quedamos donde siempre?
-Sí.
-¿A la hora de siempre?
-Exacto.
-Y (Ahora habla con voz melosa.) ¿haremos como siempre?
Te imagino de rodillas, delante de mí, subiéndome la falda...
¿Me lameras? ¿Me morderás? ¿Me harás mucho daño?
-Síí. (De golpe vuelve a hablar bajo.) ¡Hostia, María! Por poco
se da cuenta. Ahora está en la cocina, pero en cualquier
momento puede volver. ¿Y si me hubiese pedido el teléfono
para hablar contigo?
-¿Y por qué tendría que hablar conmigo?
-No quiero decir contigo, quiero decir con quien cree que
hablaba yo.
-No hay quien te entienda. Y no hay quien me entienda a mí. No
me entiendo ni yo misma. Estoy que me reconcomo, decido
terminar y basta que oiga tu voz para que se me esfumen todas
las decisiones. Me gustaría mucho estar ahora contigo. Ven. ¿No
puedes? Claro que no. No pasa nada. Es que cuando no puedo
escucharte, me angustio. ¿Me quieres?
-Claro que sí.
-Más vale que cuelgue. Adiós.
-¿Dónde estás?
-En un bar; ya te lo he dicho.
-No. Me has dicho que estabas en una cabina.
-Y si sabías que estaba en una cabina, ¿para qué me lo vuelves
a preguntar?
-Pero no estás en una cabina sino en un bar. Eso es al menos lo
que dices ahora.
-Un bar, una cabina: lo mismo da.
-Oh, «lo mismo da», «lo mismo da»...
-Oye: ¡basta!
-Y ahora ¿qué piensas hacer?
-¿Ahora? ¿Quieres decir con lo nuestro?
-No. Quiero decir ahora mismo. ¿Piensas ir al cine? ¿Ya has
comido? ¿Tienes guardia?
-Oye: cuelgo.
-Espera un momento.
-Es que...
-A veces, María, pienso que sólo con que quisiéramos, sólo con
que nos lo propusiésemos de verdad, podríamos conseguir que
todo marchase de otra manera, sin tantas tensiones.
-Vale, pues sí.
-Sí, ¿qué?
-Sí.
-¿Qué te pasa? ¿No puedes hablar? ¿Hay alguien y por eso no
puedes hablar?
-Mmm... Sí.
-Has quedado con él en un bar y ya ha llegado. O estaba contigo
y ahora se ha acercado al teléfono. ¿Sí o no? ¿O qué?
-Ya te devolveré el libro. Quédate tranquila.
-Ahora me tratas en femenino.
-Bueno, hasta luego. Llámame. Y recuérdame que te devuelva
el libro.
-Ah, no. ¡Ahora no cuelgues! Tú me has hecho soportar la
angustia de escucharte sin poder contestar más que estupideces
y ahora...
-Ése no lo conozco. ¿Qué título dices que tiene?
-Perfecto. Lo estás haciendo muy bien. Ahora dirás el título del
libro. ¿O no?
-Ya...
-Muy bien ese «ya». Da verosimilitud, hace real el diálogo con
esa chica con la que se supone que hablas.
-¿El amor por la tarde?
-¿Qué es ese título: una indirecta, una invitación?
-Pero mucho mejor que El amor por la tarde era Las cien
cruces. Vaya, al menos para mí.
-Ése, ¿ves?, no lo he leído. ¿También es una novela?
-¿Las cien cruces aburrida?
(De repente el hombre vuelve a hablar con voz grave.)
-Hombre, ya te lo he dicho. Consume menos que el otro.
-Pero la protagonista de El amor por la tarde es más verosímil.
-¿Y cómo es que una empresa como la Peugeot no tiene previsto
un caso así?
-Pero, eso pasaba en Ahora estamos los dos igual. ¿Me
equivoco?
-En absoluto.
-¿Y entonces?
-Nada. (Hay una pausa breve.)
-¿Ves como no hay nada que hacer? Ahora ya puedo hablar de
nuevo. (Vuelve a haber una pausa.) ¿No dices nada? ¿Se te
acabó la charla o quieres dejar el ramo del automóvil y pasar a
otro?
-Yo también vuelvo a estar solo.
-Pues adiós.
-Tienes razón. Más vale que nos digamos adiós.
-Antes tengo que decirte algo.
-Di.
-Estoy embarazada. (Él no responde.) ¿Me oyes? Estoy
embarazada. De ti.
-¿Cómo que de mí? ¿Cómo sabes que es de mí?
-¡Porque desde la última regla sólo me he acostado contigo,
imbécil!
-¿Y ese novio que te puede dar todo lo que yo no puedo darte?
¿Resulta que no...? Perdona. ¿Qué piensas hacer?
-¿Cómo que qué pienso hacer? ¿Es que tú no tienes nada que
decir?
-¿Yo? No.
-Por fin. Por fin veo bien claro cómo eres. Por fin me doy cuenta
de que, si alguna vez me encontrase en esa situación, te
desentenderías totalmente.
-¿Qué quiere decir «si alguna vez me encontrase»?,
-Quiere decir que, evidentemente, no estoy embarazada. ¿Te
crees que soy tonta? Se me ha ocurrido de golpe, para ver cómo
reaccionarías en una situación así. ¿Acaso crees que si de veras
hubiese estado embarazada te habría pedido opinión sobre lo
que tenía o no tenía que hacer?
(La voz de él suena irritada.)
-¡Oye, María...!
(La mujer lo desafía.)
-¿Qué? ¿Qué tengo que oír?
-¡Sabes que no tolero que me hables en ese tono, ni que me
torees!
-Ah, ¿no?
-Te partiré la cara.
-Ah, ¿sí?
-Te hincharé los morros a puñetazos.
-Sí...
-Hasta que chilles.
-Sí...
-Te ataré a las patas de la cama.
-Sí, sí...
-Te escupiré en la boca.
-¡Sí!
-Y te daré de bofetadas hasta que sangres.
-¡Sí! ¡Sí!
-Y te obligaré a...
-¿A qué? ¿A qué?
-Te obligaré...
-¿A qué?
-Te llenaré la boca. Y te obligaré a tragártelo todo: no dejarás
caer ni una gota.
-Ni una.
(La mujer respira agitadamente. El hombre está
excitado.)
-¡Ni una, he dicho! Lámete esa que te resbala por el labio de
abajo.
-«Guarra», dime «guarra».
-Guarra. Arrodíllate y abre la boca.
(La mujer resopla.)
-Basta. Tengo que decírtelo pase lo que pase. No tiene sentido
hacerlo durar más. (Calla un momento, como para tomar
impulso.) Escúchame: no soy María.
-¿Qué quiere decir que no eres María?
-Que no soy María: eso quiere decir. María está... María me ha
pedido que te llamara y que te hablase como si fuera ella.
-Me estás tomando el pelo.
-Ha tenido que irse. Y quería que...
-¿Irse adónde?
-Fuera de la ciudad. Quería que creyeras que estaba aquí y no...
Es que... No puedo seguir fingiendo. Mira: María y yo nos
conocemos del trabajo. Yo también soy enfermera. Me ha
pedido que te llamara y me lo montase de manera que nos
peleásemos. Porque mañana teníais que veros y ella todavía no
habrá vuelto. ¿Me oyes?
-¿Dónde está?
-Se ha ido una semana. Con un novio.
-¿Con quién?
-Con Jaime.
-¿Con Jaime?
-Sí.
-¿Con qué Jaime?
-Jaime Ibarra.
-Oye, pero si Jaime Ibarra soy yo. ¿Con quién creías que estabas
hablando? ¿A qué número has llamado?
-¿Tú eres Jaime?
-Sí.
-Hostia.
-¿Con quién pensabas que estabas hablando?
-Con Juan.
-¿Con Juan? O sea que María y Juan...
-Ahora me doy cuenta, he confundido los números.
-¿Y cómo es que tienes mi número de teléfono?
-Es que María me apuntó los dos, uno justo encima del otro, y
me he equivocado; he marcado uno en vez del otro.
-¿Por qué te apuntó mi número si a mí no tenías que llamarme?
¿O también me tenías que llamar? Pero si has dicho que
pensabas que se había ido conmigo...
-Si te lo explicase no me creerías.
-Dime una cosa, ee... ¿Cómo te llamas?
-Carmen.
-Carmen, dime una...
(La mujer lo interrumpe.)
-Un momento. ¿De verdad eres Jaime? Pero si Jaime no vive
con nadie ¡El que vive con su mujer es Juan! ¿Por qué me has
dicho que tenías a tu mujer enfrente?
-Tú tampoco eres la verdad personificada.
-Si te creías que estabas hablando con María, ¿por qué querías
hacerme creer que vivías con una mujer?
-Es que con María a veces, últimamente no mucho, por cierto,
pero a veces, hacemos cosas así. Como juegos.
-No me lo había dicho nunca.
-¿Por qué te lo iba a decir? ¿Es que os lo contáis todo?
-Casi.
-Ah, ¿sí? ¿Y qué te dice de mí?
-Uf.
-¿Qué quiere decir ese «uf»?
-Quiere decir que lo interesante me lo cuenta todo.
-¿Con pelos y señales?
-Con pelos, señales y lo que haga falta.
-¿Dónde estás?
-En un bar, ya te lo he dicho.
-También me has dicho que estabas en una cabina.
-¡Y dale con la cabina!
-¿Qué haces ahora?
-Ya me lo has preguntado antes.
-Cuando eras María. Ahora que eres Carmen, puede que tengas
que hacer otra cosa. Además, cuando eras María tampoco me
has contestado la pregunta. (Se muerde un labio.) ¿Por qué no
nos vemos?
-¿Cuándo?
-¿Hoy?
-Tendrá que ser por la noche. Por la tarde trabajo.
-Por la noche, pues.
-¿Dónde?
-¿En el bar de la Estación?
-De acuerdo.
-¿A las ocho?
-A las ocho salgo. Quedamos a las ocho y media.
-¿Cómo te reconoceré?
-Llevaré una chaqueta de piel, la que le regalaste un mes antes...
Llevaré la chaqueta de piel.
-Un mes antes ¿de qué?
(La mujer calla.)
La chaqueta: se la regalé un mes antes ¿de qué?
-Jaime, tengo que decírtelo. Si no voy a reventar.
-Dímelo pues.
-María está muerta. La chaqueta se la regalaste un mes antes de
que se muriese. Escucha... No tendría que... Yo sabía cómo os
queríais. Y cuando se murió decidí...
-Me parece una broma de muy mal gusto
-Encontrémonos y hablemos. A las ocho y media, ¿vale? O si
quieres pido permiso…
-La vi la semana pasada.
-Hace cinco meses que está muerta.
-Estos últimos cinco meses la he visto muchas veces. La semana
pasada estuve con ella. Y estaba bien viva, guapa a más no
poder. No era ningún fantasma.
-Hace cinco meses que sales con una María que no es María.
-Y según tú, ¿quién ha hecho de María todo este tiempo?
-Yo.
-Me habría dado cuenta.
-Te estoy diciendo la verdad.
-Si fuese verdad, ¿por qué habrías decidido que mañana no
querías venir a la cita?
-Estoy harta de hacer de María.
-Sin embargo ahora has aceptado que nos veamos.
-Porque ahora estoy haciendo de Carmen, no de María. Jaime,
por favor, te lo explicaré después.
-¿Y cómo no te has dado cuenta de que yo no era Juan sino
Jaime?
-¿Te crees que no sabía a quién llamaba? Claro que eres Jaime.
Te conozco perfectamente. Te he tenido de novio durante cinco
meses. Y cinco meses dan para mucho. Incluso para saber que...
(La voz de la mujer se quiebra.) que me he enamorado de ti
como una imbécil. Y quiero acabar con esta farsa.
-No me creo nada de todo esto. ¿Cómo habrías podido hacer,
todas las veces que nos hemos visto, que tú dices que nos hemos
visto, para que no notase que no eras María?
-Piensa que doy clases de teatro.
-¡Por mucho teatro que hagas! ¿Cómo quieres hacerme creer que
no me habría dado cuenta de la diferencia? Lo único que me
faltaría es que me salieras con el cuento de la gem... Oye, pero
María tiene, tenía, una hermana gemela.
-Soy yo.
-No la he visto nunca.
-Ya lo creo que la has visto. Quiero decir: ¡ya lo creo que me
has visto! Desde hace cinco meses, un par de veces por semana.
Algunas semanas una sola vez; justamente de eso tendríamos
que hablar. Porque yo te quiero ver más, a menudo. ¿Quedamos
como hemos quedado? ¿A las ocho y media?
-¿De verdad te llamas Carmen?
-A las ocho y media, ¿de acuerdo?
-Sí.
-Te quiero mucho. Si alguna vez dejara de quererte me moriría.








El Porqué de las cosas - Editorial Anagrama


4 de enero de 2013

La Vida Perdurable - Quim Monzó


LA VIDA PERDURABLE

Pobra mamà, morta després de mesos de patiments a conseqüència del càncer d'ovaris que li van diagnosticar fa anys i que més o menys havíem anat apedaçant fins que ja no hi va haver res a fer i va ser terminal. Encara no fa ni una setmana que l'hem enterrada, i una tarda l'Alba arriba a casa i em diu que ha sortit de la feina mitja hora abans i que ha passat per cal metge a recollir les anàlisis i la tomografía axial computeritzada que li van fer fa una setmana. Ha sortit positiu. Té càncerde fetge.
- Estem de sort, en aquesta família! - diu la Paula, la nostra filla petita, amb la ironia lànguida que li és habitual. Tots somriem, menys el Cuqui, que ens mira amb la llengua fora i remenant la cua. Intenta bordar però no li surt. Fa dies que borda amb dificultat; l'hauré de dur al veterinari.

Càncer de fetge. No puc dir que m'agafi per sorpresa. La mateixa setmana passada era evident que si li feien proves era perquè la possibilitat era clara. Abraço l'Alba amb tendresa; són més de trenta anys junts i cinc fills – tres noies i dos nois-, dels quals només un dels nois va morir de petit, de leucèmia. Dos més -una noia i l'altre noi- van morir d'adolescent, ell d'osteorsarcoma i ella a la platja de la Mar Bella, un dia que hi havia bandera vermella hissada i, rebel com era, no en va fer cas.
- Alba- li dic, amb la idea que, havent sabut el resultat de les anàlisis, no li vingui de gust ficar-se a la cuina – Vols que avui prepari jo el sopar?
- Deixa, deixa. Ja me n'encarrego.

S'arromanga i es posa a cuinar, ella que és -i tots aquests anys ha estat- la reina de la cuina, ella que amb no res i una cassola ha sabut preparar-nos sempre els millors plats. Gairebé trenta-un anys junts! Mentre sofregeix ceba i toomàquet, m'assec al tamboret i mastego una pastanaga, que va bé per la vista.
Sé que potser seria millor no parlar-ne, però – què carai! - m'interesso pel grau de desenvolupament del seu càncer. No m'en dóna gaire detalls, sempre ha estat discreta i sense afany de protagonisme. Sempre a l'ombra però amb les regnes de la casa ben agafades. El cas és que, en un tancar o obrir d'ulls, prepara macarrons gratinats, amanida d'escarola amb pebrot, créixens i tàperes, molls amb salsa d'anxova. Paro taula a la cuina perquè només som tres: l'Alba, la Paula i jo, perquè la gran – la Laura- avui ha sortit amb uns amics. Sopem, després recollim els plats i, mentre trec del pàrquing el Galloper que vam comprar encara no fa tres mesos, l'Alba té temps de rentar els plats, d'omplir de friskies el plat del Cuqui i d'arreglar-se una mica. Surt al cap d'una estona, amb una bossa d'esport a la mà. A la porta, fà un petó a la Paula, li recorda amb quina regularitat ha de regar cada planta i puja al cotxe. Anem directes cap a l'hospital. Em diu: 
- Aquest cap de setmana potser no podrem pujar a Campins...
- No et preocupis, ara, per si pugem a Campins.
- Però és que era un pont tan maco: de divendres a dilluns.

A l'hospital hi ha una gernació amunt i avall, lliteres amb cossos sense esperança i metges patinant pels passadissos. Hi ha auxiliars d'infermería que caminen fent sonar les sabates, personal de neteja que parla llengües que no entenc i un fluorescent que imita en zumzeig d'una mosca. En l'edifici d'oncologia, a l'Alba la posen en una habitació doble. A l'altre llit hi ha una dona amb tot de papades concèntriques, fins el ventre. De seguida que l'Alba ha acabat d'instal.lar-se, es presenta – es diu Teresina -, aixeca l'índex de la mà dreta i li recomana: 

-No s'ha de deixar vènçer per la malaltia.
- L'Alba no es deixa vènçer fàcilment -li dic- .

Ni per la malaltia ni per res. En els anys que fà que convivim, ni en el pitjor dels tràngols no l'he vist desfallir. L'Alba no és una dona que es deixi vèncer per l'adversitat, amiga Teresina, i permeti'm la franquesa d'anomenar-la amiga encara que no faci ni cinc minuts que ens coneixem.

I és cert. L'Alba no s'ha deixat vèncer mai per cap adversitat. Però si, per aquelles coses e la vida, aquest cop el seu estat d'ànim hagués abaixat la guàrdia, un moment que la Teresina va al lavabo a orinar – sentim el raig d'orina contra la tassa, i el soroll del paper de vàter i, després, la cisterna que es buida i s'omple-, jo l'esperono a enfrontar-se a la malaltia sense cap por, i li poso els exemples de Susan Sontag i de Lance Armstrong. No són exemples gratuïts. Jo mateix no sé si hauria superat el càncer de testicles que em van diagnosticar fa tres anys si no hagués estat per l'exemple alliçonador de Lance Armstrong, el ciclista que no sols va plantar cara a la malaltia i la va vènçer, sinó que, tot seguit, va ser capaç de guanyar – dos anys consecutius – la volta ciclista a França.
- Si Susan Sontag ha pogut, no has de poder tu, vida meva?

L'Alba somriu cada vegada que vaig a veure-la. De tant en tant, torna a casa uns dies. Però al cap de poc la tornem a ingressar a l'hospital. Les revifades momentànies s'alternen amb el decaïment, i a poc a poc s'apaga com l'últim centímetre de ble d'espelma. Al cap de mesos es mor, després d'una fase final en què perd la consciència i entra en un coma hepàtic. El dia que l'enterrem llu el sol en el cel nítid, i en aixó hi vull veure un signe d'esperança. En una de les primeras files de la sala de cerimònies del tanatori hi trobo son germà, el Narcís, que acaba d'arribar en avió de Miami, on té una empresa de ceràmica. Plora en silenci i, en un moment que les llàgrimes lo permeten vocalitzar, m'explica que no sols plora per ella sinó per ell mateix, que té càncer de pròstata i no veu clar que se'n surti. 
- No m'havies dit res, quan havíem parlat per telèfon.
- Tal com estava l'Alba, no era el moment.
- Jo -li dic-, de cànçer de pròstata no sé si en tindré, evidentment. Però problemes d'altra mena amb la pròstata, segur que no. M'ho va dir el proctòleg jafa anys. Em va dir: “No tindrà problemes de pròstata, vosté.” - Ara, el Narcís plora copiosament. El consolo: -No t'has de deixar vèncer per la malaltia. - Li poso els exemples de Susan Sontag, de Lance Armstrong, de Larry Hagman.
- I Linda McCartney? - em diu la Paula-. Tu sempre poses exemples de gent que se'n surt, però no parles mai dels que no se'n surten. 
Tots callem.
- Es veritat – diu el Narcís-. N'hi ha molts que se'n surten, però la majoría no se'n surt.
És una frase que denota l'estat d'ànim del Narcís, I amb un estat d'ànim derrotista no és extrany que la malaltia acabi per vence'l, tres anys més tard.
Quan el porten a Girona, som quatre a enterrar-lo: la seva dona (que es diu Melanie), la Laura, la Paula i jo.
- Suposo que, ara, la pròxima seré jo – diu la Paula mentre diem adéu amb la mà a la Melanie, que se'n torna a Miami; fa mig any que li han diagnosticat una limfoma.

Li recordo que no s'ha de deixar vènçer per la malaltia. Li explico com Larry Hagman i Olivia Newton John s'hi van enfrontar i en van sortir vencedors, però no sap quí són. Ni Larry Hagman ni Olivia Newton John. Déu meu, que efímeres que són les estrelles de l'espectacle en la consciència dels espectadors i com, en un camvi de generació, passen de la glòria a l'oblit! Durant tota una temporada la Paula es manté estable; després empitjora ràpidament. Per aixó no és amb nosaltres quan enterrem el Cuqui, que ha mort d'un càncer de laringe. Cavem un sot entre les arrels retorçades del roure de la casa de Campins, que el Cuqui enyorava sempre que érem a Barcelona. Quan acabem, la Laura i jo tornem a l'hospital a veure la Paula. Mor dos dies abans que, en una de les palpacions mensuals que em faig, detecti un gangli a l'engonal i un bony al testicle dret, encara que no tan gros com el que em van detectar l'altra vegada, perquyè l'altra vegada, com que no sabia res de les autopalpacions, quan me'l van trobar ja s'havia desenvolupat força. M'hi enfronto amb coratge. No n'he sortit victoriós una vegada? Perquè no n'he de sortir de dues? 
- No s'ha de deixar vèncer per la malaltia.

M'ho diu l'infermera, una dona d'ulls vius i somriure tímid.
- No cal que m'ho recordi. A la meva dona jo li deia sempre exactament aixó: “No t'has de deixar vènçer per la malaltia”. Li van detectar un càncer de fetge.
- I com?
- És morta.
- Si que em sap greu.

Li explico els detalls de la malaltia i la mort de l'Alba, i els de les morts dels nens i les dues nenes.
- Ara només som dos. La Laura i jo – i escalto a plorar.

La infermera m'estreny la mà i m'explica que es diu Lola. Entro al quiròfan, separo les cames, m'anestesien. M'opera el doctor Fenollosa, el mateix que em va operar anys enrere. Durant el postoperatori, com que durant dos dies la Laura no em ve mai a veure, li demano a la Lola que m'ajudi a telefonarl-li, i aleshores m'agafa de la mà i em diu que abans no m'han dit res, però que la Laura està també a l'hospital, en el mateix edifici però en una altra planta.
- De què és?
- De tiroide.

Tu també, Laura meva? De seguida que puc vaig a l'habitació on és, i la conforto i li faig companyia i li dic que, sobretot, no es deixi vènçer. Que hi ha molta gent, cada cop més, que hi han plantat cara i se n'han sortit. Li parlo de Susan Sontag i Larry Hagman, i Olivia Newton John i Lance Armstrong i Cristina Hoyos. La Lola ve sempre amb mi, i es preocupa per la Laura con si fos filla seva, i passen mesos fins que arriba un dia que em donen l'alta i m'em vaig a casa i només m'hi he d'anar a fer visites periòdiques. A part de les visites periòdiques, però, hi vaig cada dia a fer companyia a la Laura i sempre m'hi trobo la Lola, que, poc a poc, ha anat creant una relació de gran carinyo amb la nena, fins que arriba un dia que la Laura surt i ja només hi ha d'anar a fer-se les visites periòdiques, i hi anem plegats i ens trobem sempre la Lola, i quan la Lola plega anem al cine i a sopar, i al final la Lola i jo ens fem nòvios i la Laura l'accepta la mar de bé – em feia por que el record de l'Alba fos encara massa viu i la rebutgés- i al cap d'uns mesos ve a viure amb nosaltres, i els dies que a la Laura i a mi ens toca anar a l'hospital per la revisió hi anem tots tres amb el Galloper i li dic a la Laura: “Ho veus com, plantant-hi cara, la malaltia no et venç?”, i em diu que sí. Fins que ja estém tan bé que les revisions periòdiques es fan més espaiades i, un dia que la Laura i jo estem sols a casa, un moment que em fa un petó li noto els llavis ardents i li poso la mà al front, i tot seguit, el termòmetre, i té trenta-nou i mig de temperatura i la fico al llit i crido al metge i em diu: “És una grip”, però passen els dies i comença a respirar malament i no és una grip sinó tuberculosi, i la cosa es complica i la ingressen a un altre hospital, i la Lola i jo l'anem a veure, però aleshores també li rebrota la cosa del tiroide i tot plegat es complica més enllà del que hauria imaginat el dia que lo vaig posar el termòmetre i vaig trobar que tenia febre. 

L'enterrem dos dies després, sota una pluja de tardor. La Lola i jo, tots sols sota el paraigua negre. Quan tornem a casa decidim que ens casem, però aleshores, a la primera revisió periòdica, detecten que el cànçer de testicles se m'ha revifat. Jo dic que deu ser la mort de la Laura, que ha fet que se m'aflaquissin les defenses, però la Lola diu que no té res a veure, i m'ingressen i m'han de tornar a operar, però aquest cop no m'opera el doctor Fenollosa. “És en un congrés d'urología a París”, em diu el doctor Hellín, que és el metge que es substitueix. Però la Lola em diu a cau d'orella que no és veritat que sigui a cap congrés, sinó que té càncer de pàncrees i està de baixa. El doctor Hellín és molt jove, però sembla igual d'eficient. I, mentre estic a l'hospital, la Lola i jo fixem els plans per cassar-nos. “Ens casarem quan surtis de l'hospital”, em diu i, en efecte, quan en surto ens casem en una cerimònia discreta -tots dos sols, a l'ajuntament-, i al cap de poc temps deixem el pis de Barcelona, ens instal.lem en una caseta a Valldoreix, som molt feliços, tenim un nen i una nena, i passem ben bé nou anys sense cap càncer. 


El Millor dels Mons
Quim Monzó
Quaderns Crema
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