27 de octubre de 2014

3 poemas de Sonia San Román

 Hurgada de entre sus fotos de facebook 


Dejar de ser hija
para poder andar
sin ver en los ojos extraños
familiares miradas inquisidoras.
Su veneno
en todas las manzanas.
Sus silencios
en todas las bocas.
Dejar de ser hija
a golpe de machete
para poder ser madre.


***


Con 16 años y 6 meses
dibujé un árbol.
Era un test psicológico
para el colegio.
Le dijeron a mi padre
que era una niña muy materialista:
la copa estaba llena de manzanas.
Parece que no vieron
el agujero en el tronco
y la falta de raíces,


***


No querer repetir
y saberse eco.
He ahí el dolor
de ser madre.




 Retocada por Paula Ensenyat y tomada de su blog
Anillos de Saturno - Baile del sol Ediciones




18 de octubre de 2014

Entrevista y cuentos de Ana Maria Matute



"El que no inventa no vive"
                                     (Ana María Matute)






(Entrevista 5 de Abril 2013)


EL INCENDIO

El niño cogió los lápices color naranja, el lápiz de color amarillo, y aquel por una punta azul y la otra rojo. Fue con ellos a la esquina, y se tendió en el suelo. La esquina era blanca, a veces la mitad negra, la mitad verde. Era la esquina de la casa, y todos los sábados la encalaban. El niño tenía los ojos irritados de tanto blanco, de tanto sol cortando su mirada con filos de cuchillo. Los lápices del niño eran naranja, rojo, amarillo y azul. El niño prendió fuego a la esquina com sus colores. Sus lápices -sobre todo aquel de color amarillo, tan largo- se prendieron de los postigos y las contraventanas, verdes, y todo crujía, brillaba, se trenzaba. Se desmigó sobre su cabeza, en una hermosa lluvia de ceniza, que le abrasó.


***

EL TIOVIVO

El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro en blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía: “Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Sólo da vueltas y vueltas y no lleva a ninguna parte”. Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos entre la gente, como él no vio nunca. Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. “Qué hermoso es no ir a ninguna parte”, pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo.




Los Niños Tontos
Ediciones Destinos



La puerta de la luna Cuentos completos
Ediciones Destino
Colección Destino Clásicos



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