5 de diciembre de 2013

Entre las doce y la Una - Quim Monzó






-¿Dígame?
-Hola. (Es una voz de mujer.) Soy yo.
(El hombre endereza el espinazo. Aplasta el cigarrillo
contra el cenicero que hay al lado del teléfono. Habla en
voz baja.)
-Te he dicho mil veces que no me llames nunca a casa.
-Es que...
-Te he dicho que me llames siempre al despacho.
-¿Puedes hablar?
-Claro que no. Ya te imaginarás.
-¿Dónde está... ella?
-En el dormitorio.
-¿Nos.... te oye?
-No. Pero puede entrar en cualquier momento.
-Perdóname. Lo siento. Pero es que necesitaba llamarte ahora.
No podía esperar hasta mañana, en el trabajo.
(Hay una pausa. Es el hombre quien la rompe.)
-¿Por qué?
-Porque esta situación me hace sufrir mucho.
-¿Qué situación?
-La nuestra. ¿Cuál va a ser?
-Pero... A ver si nos entendemos...
-¡No! No. No digas nada. No hace falta. Podría oírte.
-Ahora no me oye. Escucha...
-Creo que ha llegado el momento de tomar una decisión.
-¿Qué decisión?
-¿No te la imaginas?
-No tengo ganas de jugar a las adivinanzas, María.
-Tengo que elegir. Entre tú y él.
-¿Y?
-Y como tú no me puedes dar todo lo que quiero... No nos
engañemos: para ti yo nunca seré nada más que... No quieres
dejarla ¿verdad? No sé ni por qué te lo pregunto. Ya conozco la
respuesta.
-¿Qué es todo ese ruido?
-Te llamo desde una cabina.
-Hemos hablado de esto mil veces. Siempre he sido sincero
contigo. Nunca te he escondido cómo estaban las cosas. Tú y yo
nos caemos bien, ¿no? Pues...
-Pero yo estoy muy colgada de ti. Tú ya sé que no lo estás nada
de mí.
-Siempre te he dicho que no quiero hacerte ningún daño. Nunca
te he prometido nada. ¿Alguna vez te he prometido algo?
-No.
-Tienes que ser tú quien decida qué debemos hacer.
-Sí.
-¿Te he dicho o no te he dicho siempre que tienes que ser tú
quien decida qué debemos hacer?
-Sí. Por eso te llamo. Porque ya he tomado una decisión.
-Siempre he jugado limpio contigo. (Se detiene.). ¿Qué decisión
has tomado?
-He decidido... dejar de verte.
(La mujer lo dice y se echa a llorar. Llora durante un
buen rato. Poco a poco los sollozos disminuyen. El hombre
aprovecha para hablar.)
-Lo siento. Pero si realmente eso es lo que...
-¿Pero no entiendes que no quiero dejaaar de veerteee?
(Cuando el hombre deja de oír el llanto, habla.)
-María...
-No. (Se suena.). Prefiero que no digas nada.
(De golpe el hombre sube el tono de voz.)
-Hombre, yo más bien elegiría un coche que te asegurase mejor
rendimiento.
-¿Qué?
-Sobre todo si tienes que hacer tantos kilómetros. (Se para un
momento.) Sí. (Hace otra pausa.) Sí, ya lo entiendo. Yo, claro,
en eso no sé qué aconsejarte. Pero me parece que lo que te
convendría sería un coche con mucha más..., con mucha más...
Sí, de acuerdo. Pero consume demasiado.
-¿No puedes hablar?
-No, claro.
-¿La tienes cerca?
-Sí.
-¿Enfrente?
-Sí. Pero ese modelo no tiene tanta diferencia de precio con los
japoneses. Y los japoneses...
-Tú con tu mujer enfrente y yo aquí, sentada sin saber qué hacer.
(Cada vez más indignada.) Sin decidirme de una vez y acabar
con esta desazón.
-Lo ideal son cuatro puertas. Para vosotros, cuatro puertas.
-¿Ves como no hay otra solución? Así no podemos seguir. No
podemos tener ni una conversación civilizada.
-Pero ése gasta unos seis litros y medio.
-Tú hablando de coches, de litros de gasolina, de si cuatro
puertas, y yo sin decidirme siquiera a colgar.
-Un momento.
(El hombre ha tapado el auricular con la mano. La mujer
oye un diálogo amortiguado.)
Dice que .. (Vuelve a tapar el auricular con la mano. Vuelve
a retirar la mano.) Dile a Luisa que dice Ana que el pastel le
quedó perfecto.
-¿Con quién cree que hablas?
-En fin, ya nos veremos.
-¿Quieres que cuelge o...? Pero antes de colgar dime si mañana
nos veremos.
-Sí.
-No tengo remedio. Llamo para decirte que hemos terminado y
acabo preguntándote si mañana... ¿Quedamos donde siempre?
-Sí.
-¿A la hora de siempre?
-Exacto.
-Y (Ahora habla con voz melosa.) ¿haremos como siempre?
Te imagino de rodillas, delante de mí, subiéndome la falda...
¿Me lameras? ¿Me morderás? ¿Me harás mucho daño?
-Síí. (De golpe vuelve a hablar bajo.) ¡Hostia, María! Por poco
se da cuenta. Ahora está en la cocina, pero en cualquier
momento puede volver. ¿Y si me hubiese pedido el teléfono
para hablar contigo?
-¿Y por qué tendría que hablar conmigo?
-No quiero decir contigo, quiero decir con quien cree que
hablaba yo.
-No hay quien te entienda. Y no hay quien me entienda a mí. No
me entiendo ni yo misma. Estoy que me reconcomo, decido
terminar y basta que oiga tu voz para que se me esfumen todas
las decisiones. Me gustaría mucho estar ahora contigo. Ven. ¿No
puedes? Claro que no. No pasa nada. Es que cuando no puedo
escucharte, me angustio. ¿Me quieres?
-Claro que sí.
-Más vale que cuelgue. Adiós.
-¿Dónde estás?
-En un bar; ya te lo he dicho.
-No. Me has dicho que estabas en una cabina.
-Y si sabías que estaba en una cabina, ¿para qué me lo vuelves
a preguntar?
-Pero no estás en una cabina sino en un bar. Eso es al menos lo
que dices ahora.
-Un bar, una cabina: lo mismo da.
-Oh, «lo mismo da», «lo mismo da»...
-Oye: ¡basta!
-Y ahora ¿qué piensas hacer?
-¿Ahora? ¿Quieres decir con lo nuestro?
-No. Quiero decir ahora mismo. ¿Piensas ir al cine? ¿Ya has
comido? ¿Tienes guardia?
-Oye: cuelgo.
-Espera un momento.
-Es que...
-A veces, María, pienso que sólo con que quisiéramos, sólo con
que nos lo propusiésemos de verdad, podríamos conseguir que
todo marchase de otra manera, sin tantas tensiones.
-Vale, pues sí.
-Sí, ¿qué?
-Sí.
-¿Qué te pasa? ¿No puedes hablar? ¿Hay alguien y por eso no
puedes hablar?
-Mmm... Sí.
-Has quedado con él en un bar y ya ha llegado. O estaba contigo
y ahora se ha acercado al teléfono. ¿Sí o no? ¿O qué?
-Ya te devolveré el libro. Quédate tranquila.
-Ahora me tratas en femenino.
-Bueno, hasta luego. Llámame. Y recuérdame que te devuelva
el libro.
-Ah, no. ¡Ahora no cuelgues! Tú me has hecho soportar la
angustia de escucharte sin poder contestar más que estupideces
y ahora...
-Ése no lo conozco. ¿Qué título dices que tiene?
-Perfecto. Lo estás haciendo muy bien. Ahora dirás el título del
libro. ¿O no?
-Ya...
-Muy bien ese «ya». Da verosimilitud, hace real el diálogo con
esa chica con la que se supone que hablas.
-¿El amor por la tarde?
-¿Qué es ese título: una indirecta, una invitación?
-Pero mucho mejor que El amor por la tarde era Las cien
cruces. Vaya, al menos para mí.
-Ése, ¿ves?, no lo he leído. ¿También es una novela?
-¿Las cien cruces aburrida?
(De repente el hombre vuelve a hablar con voz grave.)
-Hombre, ya te lo he dicho. Consume menos que el otro.
-Pero la protagonista de El amor por la tarde es más verosímil.
-¿Y cómo es que una empresa como la Peugeot no tiene previsto
un caso así?
-Pero, eso pasaba en Ahora estamos los dos igual. ¿Me
equivoco?
-En absoluto.
-¿Y entonces?
-Nada. (Hay una pausa breve.)
-¿Ves como no hay nada que hacer? Ahora ya puedo hablar de
nuevo. (Vuelve a haber una pausa.) ¿No dices nada? ¿Se te
acabó la charla o quieres dejar el ramo del automóvil y pasar a
otro?
-Yo también vuelvo a estar solo.
-Pues adiós.
-Tienes razón. Más vale que nos digamos adiós.
-Antes tengo que decirte algo.
-Di.
-Estoy embarazada. (Él no responde.) ¿Me oyes? Estoy
embarazada. De ti.
-¿Cómo que de mí? ¿Cómo sabes que es de mí?
-¡Porque desde la última regla sólo me he acostado contigo,
imbécil!
-¿Y ese novio que te puede dar todo lo que yo no puedo darte?
¿Resulta que no...? Perdona. ¿Qué piensas hacer?
-¿Cómo que qué pienso hacer? ¿Es que tú no tienes nada que
decir?
-¿Yo? No.
-Por fin. Por fin veo bien claro cómo eres. Por fin me doy cuenta
de que, si alguna vez me encontrase en esa situación, te
desentenderías totalmente.
-¿Qué quiere decir «si alguna vez me encontrase»?,
-Quiere decir que, evidentemente, no estoy embarazada. ¿Te
crees que soy tonta? Se me ha ocurrido de golpe, para ver cómo
reaccionarías en una situación así. ¿Acaso crees que si de veras
hubiese estado embarazada te habría pedido opinión sobre lo
que tenía o no tenía que hacer?
(La voz de él suena irritada.)
-¡Oye, María...!
(La mujer lo desafía.)
-¿Qué? ¿Qué tengo que oír?
-¡Sabes que no tolero que me hables en ese tono, ni que me
torees!
-Ah, ¿no?
-Te partiré la cara.
-Ah, ¿sí?
-Te hincharé los morros a puñetazos.
-Sí...
-Hasta que chilles.
-Sí...
-Te ataré a las patas de la cama.
-Sí, sí...
-Te escupiré en la boca.
-¡Sí!
-Y te daré de bofetadas hasta que sangres.
-¡Sí! ¡Sí!
-Y te obligaré a...
-¿A qué? ¿A qué?
-Te obligaré...
-¿A qué?
-Te llenaré la boca. Y te obligaré a tragártelo todo: no dejarás
caer ni una gota.
-Ni una.
(La mujer respira agitadamente. El hombre está
excitado.)
-¡Ni una, he dicho! Lámete esa que te resbala por el labio de
abajo.
-«Guarra», dime «guarra».
-Guarra. Arrodíllate y abre la boca.
(La mujer resopla.)
-Basta. Tengo que decírtelo pase lo que pase. No tiene sentido
hacerlo durar más. (Calla un momento, como para tomar
impulso.) Escúchame: no soy María.
-¿Qué quiere decir que no eres María?
-Que no soy María: eso quiere decir. María está... María me ha
pedido que te llamara y que te hablase como si fuera ella.
-Me estás tomando el pelo.
-Ha tenido que irse. Y quería que...
-¿Irse adónde?
-Fuera de la ciudad. Quería que creyeras que estaba aquí y no...
Es que... No puedo seguir fingiendo. Mira: María y yo nos
conocemos del trabajo. Yo también soy enfermera. Me ha
pedido que te llamara y me lo montase de manera que nos
peleásemos. Porque mañana teníais que veros y ella todavía no
habrá vuelto. ¿Me oyes?
-¿Dónde está?
-Se ha ido una semana. Con un novio.
-¿Con quién?
-Con Jaime.
-¿Con Jaime?
-Sí.
-¿Con qué Jaime?
-Jaime Ibarra.
-Oye, pero si Jaime Ibarra soy yo. ¿Con quién creías que estabas
hablando? ¿A qué número has llamado?
-¿Tú eres Jaime?
-Sí.
-Hostia.
-¿Con quién pensabas que estabas hablando?
-Con Juan.
-¿Con Juan? O sea que María y Juan...
-Ahora me doy cuenta, he confundido los números.
-¿Y cómo es que tienes mi número de teléfono?
-Es que María me apuntó los dos, uno justo encima del otro, y
me he equivocado; he marcado uno en vez del otro.
-¿Por qué te apuntó mi número si a mí no tenías que llamarme?
¿O también me tenías que llamar? Pero si has dicho que
pensabas que se había ido conmigo...
-Si te lo explicase no me creerías.
-Dime una cosa, ee... ¿Cómo te llamas?
-Carmen.
-Carmen, dime una...
(La mujer lo interrumpe.)
-Un momento. ¿De verdad eres Jaime? Pero si Jaime no vive
con nadie ¡El que vive con su mujer es Juan! ¿Por qué me has
dicho que tenías a tu mujer enfrente?
-Tú tampoco eres la verdad personificada.
-Si te creías que estabas hablando con María, ¿por qué querías
hacerme creer que vivías con una mujer?
-Es que con María a veces, últimamente no mucho, por cierto,
pero a veces, hacemos cosas así. Como juegos.
-No me lo había dicho nunca.
-¿Por qué te lo iba a decir? ¿Es que os lo contáis todo?
-Casi.
-Ah, ¿sí? ¿Y qué te dice de mí?
-Uf.
-¿Qué quiere decir ese «uf»?
-Quiere decir que lo interesante me lo cuenta todo.
-¿Con pelos y señales?
-Con pelos, señales y lo que haga falta.
-¿Dónde estás?
-En un bar, ya te lo he dicho.
-También me has dicho que estabas en una cabina.
-¡Y dale con la cabina!
-¿Qué haces ahora?
-Ya me lo has preguntado antes.
-Cuando eras María. Ahora que eres Carmen, puede que tengas
que hacer otra cosa. Además, cuando eras María tampoco me
has contestado la pregunta. (Se muerde un labio.) ¿Por qué no
nos vemos?
-¿Cuándo?
-¿Hoy?
-Tendrá que ser por la noche. Por la tarde trabajo.
-Por la noche, pues.
-¿Dónde?
-¿En el bar de la Estación?
-De acuerdo.
-¿A las ocho?
-A las ocho salgo. Quedamos a las ocho y media.
-¿Cómo te reconoceré?
-Llevaré una chaqueta de piel, la que le regalaste un mes antes...
Llevaré la chaqueta de piel.
-Un mes antes ¿de qué?
(La mujer calla.)
La chaqueta: se la regalé un mes antes ¿de qué?
-Jaime, tengo que decírtelo. Si no voy a reventar.
-Dímelo pues.
-María está muerta. La chaqueta se la regalaste un mes antes de
que se muriese. Escucha... No tendría que... Yo sabía cómo os
queríais. Y cuando se murió decidí...
-Me parece una broma de muy mal gusto
-Encontrémonos y hablemos. A las ocho y media, ¿vale? O si
quieres pido permiso…
-La vi la semana pasada.
-Hace cinco meses que está muerta.
-Estos últimos cinco meses la he visto muchas veces. La semana
pasada estuve con ella. Y estaba bien viva, guapa a más no
poder. No era ningún fantasma.
-Hace cinco meses que sales con una María que no es María.
-Y según tú, ¿quién ha hecho de María todo este tiempo?
-Yo.
-Me habría dado cuenta.
-Te estoy diciendo la verdad.
-Si fuese verdad, ¿por qué habrías decidido que mañana no
querías venir a la cita?
-Estoy harta de hacer de María.
-Sin embargo ahora has aceptado que nos veamos.
-Porque ahora estoy haciendo de Carmen, no de María. Jaime,
por favor, te lo explicaré después.
-¿Y cómo no te has dado cuenta de que yo no era Juan sino
Jaime?
-¿Te crees que no sabía a quién llamaba? Claro que eres Jaime.
Te conozco perfectamente. Te he tenido de novio durante cinco
meses. Y cinco meses dan para mucho. Incluso para saber que...
(La voz de la mujer se quiebra.) que me he enamorado de ti
como una imbécil. Y quiero acabar con esta farsa.
-No me creo nada de todo esto. ¿Cómo habrías podido hacer,
todas las veces que nos hemos visto, que tú dices que nos hemos
visto, para que no notase que no eras María?
-Piensa que doy clases de teatro.
-¡Por mucho teatro que hagas! ¿Cómo quieres hacerme creer que
no me habría dado cuenta de la diferencia? Lo único que me
faltaría es que me salieras con el cuento de la gem... Oye, pero
María tiene, tenía, una hermana gemela.
-Soy yo.
-No la he visto nunca.
-Ya lo creo que la has visto. Quiero decir: ¡ya lo creo que me
has visto! Desde hace cinco meses, un par de veces por semana.
Algunas semanas una sola vez; justamente de eso tendríamos
que hablar. Porque yo te quiero ver más, a menudo. ¿Quedamos
como hemos quedado? ¿A las ocho y media?
-¿De verdad te llamas Carmen?
-A las ocho y media, ¿de acuerdo?
-Sí.
-Te quiero mucho. Si alguna vez dejara de quererte me moriría.








El Porqué de las cosas - Editorial Anagrama


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